El comentario de la portada

«El esplendor infinito de las cosas eternas» por Pierre-Marie Dumont

«El arte es contemplación. Es el gozo de la inteligencia que ve claro en el universo y que lo recrea iluminándolo de conciencia. No hay más que una sola belleza, la de la verdad que se revela». Así habla Rodin cuando se propone, a través de su sublime «Mano de Dios», brindarnos «una iniciación al esplendor infinito de las cosas eternas».

Antes de la fundación del mundo, Rodin no nos hace ver más que un enorme bloque de mármol apenas desbastado. Es el universo invisible de la eternidad divina; no es accesible a la visión del artista. Mostrar cualquier cosa sería «una mentira», fruto de la imaginación y no de la contemplación. Este bloque eterno engendra de sí mismo un espacio-tiempo. Esta excrecencia del infinito, si se puede decir así, no cambia en nada su inmutabilidad, crea fuera de la eternidad una matriz donde el embrión de una realidad finita comienza a ser moldeado. Esta «obra en creación» está llamada a desarrollarse en el tiempo que pasa, hasta que, al final de los tiempos, sea «puesta en el mundo invisible» y nazca a la eternidad. Ahora bien, lo que surge del universo invisible para crear el universo visible es una mano y, además, una mano que habla. Se trata del Verbo de Dios, el Hijo unigénito. Y ¿qué dice esta mano de Dios? ¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza! (Gén 1,26).

He aquí que el Verbo se hace mano de artista para dar forma a un hombre y a una mujer, como un escultor modela la arcilla para hacer de ella una obra de arte. «El hombre y la mujer que se aman, esta es la imagen de Dios, ¡esta es la obra maestra de Dios!», con­firma el papa Francisco.

Pero lo más extraordinario de la visión de Rodin es que para que nosotros creemos hombre y mujer, el Hijo unigénito ha salido de la eternidad y ha entrado decididamente en el tiempo (¡ya!) para llegar a ser en él el primogénito de toda criatura (Col 1,15). No es que fuera él mismo una criatura (es evidente que la mano divina sigue formando parte del bloque eterno marmóreo) sino que todo fue creado en él y para él (cf. Col 1,16-17) para que, al término de la gestación temporal de la humanidad, por él, Dios lo sea todo en todos (1 Cor 15,28). l

 

Pierre-Marie Dumont

Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco

 

 

 La mano de Dios (1916-1918), Auguste Rodin (1840-1917), París, Museo Rodin. © Museo Rodin/foto: Christian Baraja.