Carta a los lectores

Editorial por Pablo Cervera Barranco

Querida familia Magnificat:

Resulta muy significativo que siglos antes de que, en 1950, el papa Pío XII proclamase el dogma de la Asunción de Nuestra Señora, la realidad de ese dogma fuera confesada ampliamente por el pueblo cristiano. Solo hay que percatarse de cuántos cientos de iglesias y parroquias, de siglos pasados, están dedicadas a la Asunción de Nuestra Señora. ¿Qué se encierra detrás de esta conciencia del pueblo de Dios?

La glorificación de nuestra Madre, el hecho de que su Hijo no permitiera que su cuerpo se corrompiera en el sepulcro, significa que ella participa del mismo destino de su Hijo. La que sufrió tanto dolor al pie de la cruz no podía dejar de participar en la alegría del triunfo y victoria de su Hijo sobre la muerte.

Además, la glorificación y triunfo de la Virgen supone un espejo permanente para nuestra esperanza: Virgen del Perpetuo Socorro, Auxilio de los cristianos, Consuelo de los afligidos… Todas son denominaciones que sostienen el camino del cristiano, muy duro a veces.

Quizá por todo ello, la realidad viva de este dogma tenga ahora más actualidad que nunca. La situación oscura y de sufrimiento de nuestra humanidad nos invita hoy a alzar la mirada a la Virgen nuestra Madre, Asunta al cielo, consuelo de la humanidad. La Madre, glorificada, viva, de corazón palpitante, no se desentiende de nosotros. Elevada al cielo, atrae hacia ella nuestra esperanza y nos espera en la meta de la vida.

En Jesús y María,