La obra de arte

Pantocrátor, Primer cuarto del siglo XII por Panteón de Reyes, colegiata de San Isidoro de León

A su paso por León, el Camino de Santiago encuentra enclaves privilegiados, como el de la colegiata de San Isidoro, donde arquitectura, escultura y pintura se ponen al servicio del peregrino, a la vez que nos recuerdan un sinfín de avatares históricos.

Aunque hoy se revela como una de las manifestaciones más emblemáticas del románico castellano leonés, su historia nos obliga a remontarnos a mediados del siglo X, cuando el rey Sancho I impulsó junto a las murallas de la ciudad una iglesia dedicada a San Pelayo, mártir cordobés. Tras haber acogido a la monarquía astur, León se consolidaba progresivamente como centro estratégico, hasta que ese crecimiento quedó truncado por la incursión de Almanzor en el año 988. La ciudad fue arrasada y esto exigió la intervención de Alfonso V para poner en marcha de nuevo una repoblación que se agrupaba en torno a las parroquias. Entre estas, destacaba la ya citada de San Pelayo, ahora también advocada a San Juan Bautista y convertida en monasterio.

Desde entonces comenzaba un desarrollo imparable, especialmente desde que el rey Fernando I y su esposa, doña Sancha, trasladaron allí su palacio. En 1063 ambos recibieron solemnemente las reliquias de san Isidoro de Sevilla, que se convirtió en el nuevo patrón del monasterio. Como grandes mecenas de las artes, reedificaron con piedra la iglesia de Alfonso VI, que había sido trabajada con tapial y ladrillo, y dispusieron a los pies del templo un panteón real. Además, la enriquecieron con numerosas donaciones: importantes marfiles, manuscritos y orfebrería. El ennoblecimiento de San Isidoro prosiguió con su hija doña Urraca, quien ordenó la decoración pictórica del Panteón convirtiéndolo en la «Capilla Sixtina» del arte románico, apodo que por sí solo habla de la relevancia de estas pinturas y de las novedades que introducen desde el punto de vista compositivo e iconográfico.

La estructura del Panteón se ordena en tres naves separadas por columnatas que destacan por la variedad de sus capiteles, de repertorios vegetales y tipología historiada. La cubrición de piedra se divide en nueve tramos que sirven de soporte a la sucesión de escenas de infancia, pasión y resurrección de Cristo, en un recorrido no estrictamente cronológico y en estrecha consonancia con el orden de la liturgia mozárabe, por lo que seguramente los pintores recibieron asesoramiento de los monjes durante la ejecución de los frescos. En este sentido, las crónicas revelan que León fue un centro de gran resistencia a la introducción del rito romano en sustitución del mozárabe.

Cuando los fieles entraban en este Panteón de reyes, lo primero que contemplaban era la Maiestas Domini (Ap 4, 2-7) o Pantocrátor, tipología derivada de la tradición bizantina caracterizada por una figura entronizada bendiciendo, que porta el libro de la Vida, con la inscripción ego lux mundi y flanqueada por las letras alfa y omega que recuerdan que Cristo es principio y fin. Cristo se dispone sobre la bóveda celeste, recreada por el fondo azul estrellado, y es rodeado por la mandorla mística, marco de forma almendrada que subraya su dignidad y poder. La influencia de la tradición oriental se advierte también en el hieratismo de su rostro y su bidimensionalidad, con una marcada frontalidad que contrasta con el mayor dinamismo de los personajes que lo custodian.

Flanqueando al Pantocrátor, como es habitual en las composiciones románicas, se disponen las figuras que componen el tetramorfos, representación simbólica de los cuatro evangelistas al modo de los cuatro animales vivientes: ángel, león, toro y águila. Inspirados en la visión de Ezequiel (era una cara de hombre, y los cuatro tenían cara de león a la derecha, los cuatro tenían cara de toro a la izquierda, y los cuatro tenían cara de águila. […] y cada una marchaba de frente; donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y no se volvían en su marcha: Ez 1,4-12) y en el relato apocalíptico (el primer viviente, como un león; el segundo viviente, como un novillo; el tercer viviente tiene rostro como de hombre; el cuarto viviente es como un águila en vuelo: Ap 4,6-8), se presentan alados y portando sus libros.

Al sentido literal de los textos de Antiguo y Nuevo Testamento hay que añadir las exégesis de san Ireneo y san Jerónimo para profundizar en el significado de los cuatro animales en relación con los evangelistas. A la luz de sus escritos, las figuras se revisten de los siguientes significados: san Mateo es el hombre porque su libro comienza con las genealogías de Cristo, incidiendo en su naturaleza humana; san Marcos, el león porque la primera parte de su evangelio expone la predicación de san Juan Bautista en el desierto, y este es el animal por excelencia de los parajes desérticos, según los Bestiarios medievales; san Lucas, el toro o el buey porque su texto inicia con los sacrificios que debían ofrecerse a los dioses y este era el holocausto más preciado; san Juan, el águila porque su narración es la más perfecta, la más elevada desde el punto de vista teológico, y el águila es el único animal capaz de remontar su vuelo hasta lo más alto sin ser deslumbrado por el sol. Esta interpretación fue difundida por los Leccionarios del siglo XII.

Además, san Ireneo, y después san Gregorio Magno, trazan una correspondencia entre los cuatro animales y la vida del propio Cristo como hombre, rey, sacerdote y Dios. En esta línea, Honorio de Autum, monje de finales del siglo XI, apunta que los cuatro animales obedecen a episodios esenciales de la vida de Cristo: nacimiento (hombre), muerte (toro), resurrección (león) y ascensión (águila). En el conjunto del Panteón de San Isidoro podríamos decir que estas figuras sintetizan desde su simbolismo la totalidad del recorrido de escenas y figuras.

En cualquier caso, llama la atención el modelo escogido por los pintores, propio de la tradición hispana, diferenciado de repertorios anteriores o coetáneos europeos, donde se suele representar la apariencia enteramente zoomorfa de las cuatro figuras. Sin embargo, aquí encontramos una combinación hombre-animal que se había generalizado en imágenes mozárabes y probablemente con origen en las miniaturas de los manuscritos. Cabe recordar en este punto que San Isidoro de León tenía un notable scriptoria y que su biblioteca todavía en la actualidad conserva una biblia mozárabe datada en el año 960. A su vez, esta tipología fue difundida por los beatos, copias comentadas e ilustradas del texto del Apocalipsis con origen en la segunda mitad del siglo VIII. De hecho, en el año 1047, bajo el mecenazgo de don Fernando y doña Sancha, se realiza un beato destinado a la basílica de San Isidoro.

Los pintores que trabajaron en el panteón hubieron de adaptar sus composiciones al marco abovedado, lo que implicaba mayor pericia técnica en las fases de ejecución de los frescos, desde las capas preparatorias que uniformaban la piedra y la protegían de la humedad, hasta la aplicación de los pigmentos, cuya calidad revela que estamos ante un encargo de patrocinio regio.

En el conjunto se advierten aspectos que nos hablan de influencia francesa, como los fondos blancos del propio encalado o la presencia de santos como san Marcial, evangelizador de Aquitania, formando parte del programa ornamental en la escena de la Última Cena, o san Martín de Tours, en el intradós de un arco. Esta filiación francesa avala la itinerancia de los talleres por las vías de peregrinación a Compostela. Asimismo, conjuntos como el de San Isidoro dejarían su impronta en intervenciones posteriores, mostrando que el lenguaje románico unifica culturalmente Europa.

Las pinturas de San Isidoro, con numerosas inscripciones para mayor claridad expositiva, transfiguran la realidad material de la arquitectura en memoria gráfica de la vida de Cristo, cuya presencia se hace continuamente presente sobre los enterrados en este recinto.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

Pantocrátor - Primer cuarto del siglo XII, Panteón de Reyes, colegiata de San Isidoro de León © akg-images/Andrea Jemolo.