Durante los quince años que fui capellán universitario, siempre comenzábamos el curso peregrinando al santuario de la Virgen de Guadalupe (Cáceres), para ofrecer a la Virgen, en el comienzo del curso, todos nuestros anhelos, trabajos, estudios… Os invito a hacerlo de una manera u otra, bien desde casa quienes no puedan desplazarse, como los enfermos y los ancianos, o peregrinando a un santuario o ermita aquellos que puedan. De este modo, estaremos realizando algo entrañado profundamente en la santidad cristiana: «Esto es mi Cuerpo/mi Sangre que se entrega… Haced esto…» De la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, brota la fecundidad del ofrecimiento.
Los lectores más avispados habrán visto que, desde hace meses, incluyo textos escogidos sobre el tema del ofrecimiento en la sección de Intenciones del Papa. Saboreadlos. Encontraréis en ellos materia para lo más propio del laico cristiano, tal como decía el Concilio, y no como lo que nos llega de tierras teutónicas. Ojalá habláramos más de ello en parroquias, colegios, etc.: «Desempeñando su propia profesión, guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento» (Lumen Gentium 31); «Los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios» (LG 34). Ofrecer el curso en estos días, y hacerlo cada día, no como rutina formulada, sino como entrega y consagración de la persona, reportará inmensos frutos de gracia.