El comentario de la portada

¿No te importa que perezcamos? por Pierre-Marie Dumont

El arte otoniano floreció en el corazón del Sacro Imperio Romano Germánico (actual Alemania), entre los años 950 y 1050. Heredero del arte carolingio y precursor del arte románico, es testigo del siglo de oro religioso y cultural que, en Europa, marcó el final definitivo de los «tiempos bárbaros». Con su genial libertad de interpretación, esta miniatura (pintura al minio) es típica de este arte. Forma parte de la iluminación de un evangeliario sobre pergamino (piel de ternero), probablemente realizado en Colonia, hacia 1040, por el scriptorium (taller de copistas) del arzobispado. Su editora fue, sin duda, Ida, la abadesa del convento de Santa María del Capitolio, en Colonia. La audaz actividad cultural de Ida atestigua el papel destacado que desempeñaron las mujeres en el Renacimiento otoniano, especialmente como mecenas y comendatarias, pero también como mentes maestras.

Los apóstoles, aterrorizados, abandonan sus remos

He aquí, pues, significado de manera muy sugestiva, el naufragio, inevitable desde el punto de vista humano, de la Iglesia en el curso de su travesía a través de la historia hacia la otra orilla. Pedro ha soltado el cabo y deja ondear la vela mayor; los demás apóstoles se acurrucan, aterrorizados, abandonando los remos. ¡Incluso el mascarón de proa del frágil esquife parece temerse lo peor! Mientras tanto, Jesús duerme plácidamente.

Desde Nerón y Diocleciano, pasando por los bárbaros, los escándalos del Renacimiento, la Revolución Francesa, el comunismo y el nazismo, cuántas veces en la historia ha resonado este grito: «¡La Iglesia se hunde! ¡La Iglesia se va apique con su hacienda y sus personas!» Y cada vez, el Señor ha terminado enderezándose para ordenar a las olas rugientes que se calmaran. Y para ser obedecido por ellas. En nuestro tiempo, una vez más, la Iglesia parece estar a punto de perecer, en primer lugar, a causa de los escándalos que se producen dentro de ella. Sin embargo, sus enemigos externos no se quedan atrás y ya están celebrando su inminente desaparición.

Todos somos corresponsables de la Iglesia

En nuestra miniatura, pintada hace unos mil años, vemos a un apóstol agarrando el hombro de Jesús con la mano y sacudiéndolo vigorosamente para despertarlo. Del mismo modo que, como dijo san Juan Pablo II, «todos somos corresponsables de la Iglesia», esta mano quiere despertarnos también a nosotros, invitándonos no solo a unir a su acción el grito de la oración del pueblo fiel, sino también a enfrentar el desencadenamiento de las fuerzas del mal con la santidad de nuestra vida.

Pierre-Marie Dumont

Traducido por Pablo Cervera Barranco

• Cristo calmando la tormenta, miniatura del evangeliario de la abadesa Hitda de Meschede, Ca. 1020, Cod. 1640, fol. 117 r°, Maestro del evangeliario de Hitda, Hessische landesbibliothek, Darmstadt, Alemania. © Artothek/La Colección.