El comentario de la portada
Estuve enfermo y me visitasteis por Pierre-Marie Dumont
Esta obra de Murillo (1617-1682) fue pintada entre 1667 y 1670. Forma parte de una serie de seis grandes pinturas realizadas para la iglesia de la Caridad de Sevilla[1]. La Caridad era una poderosa hermandad laica, dedicada a ayudar a los pobres y cuidar a los enfermos. Murillo fue uno de sus miembros más activos. Con escenas de la vida de Jesús, las seis pinturas ilustran las seis obras de misericordia exaltadas por el Señor como criterios para el Juicio final (cf. Mt 25,31-46), porque atestiguan que nuestro amor a Dios no es falso (cf. 1 Jn 4,20). Nos invitan a meditar sobre el hecho de que, para esperar ser contados entre los bienaventurados a los que se dirigirán las palabras: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (Mt 25,34), debemos amarnos unos a otros como Jesús nos amó.
La escena tiene lugar en Jerusalén, cerca de la Puerta de las Ovejas, al borde de una piscina rodeada de cinco pórticos, llamada en hebreo «Betesda»[2]. Estas galerías estaban pobladas por enfermos, cojos e imposibilitados (cf. Jn 5,1-9). Cuando un ángel –representado aquí en un halo de luz dorada sobre los dos primeros pórticos– visitaba la piscina, el agua burbujeaba y el primero en bañarse en ella era curado. En primer plano, Jesús, vestido con una toga púrpura –es «el Señor»– y acompañado por Pedro, Santiago y Juan, se dirige a un paralítico que lleva treinta y ocho años tirado en el suelo. Admiremos cómo, a través del juego de manos, las actitudes, las expresiones faciales y la intensidad de la mirada que intercambian, Murillo logra hacernos escuchar el diálogo que se establece: «–¿Quieres quedar sano? –Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua. –Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Observemos sobre el terreno la calidad del bodegón constituido por la representación del cántaro de agua astillado, el cuenco vacío y la muleta que no era más que un último recurso y que pronto no servirá de nada: este bodegón simboliza la ley de Moisés, incapaz de salvar, frente a la fe en Jesucristo. Habiendo cumplido su papel de maestro, ha tenido su tiempo y es reemplazada por la ley del amor encarnado por la venida del Hijo de Dios (cf. san Pablo, especialmente Gál 2,15—3,14).
Volvamos ahora al rostro de Jesús. Murillo logró que expresara una cualidad de empatía que, en lugar de manifestar el poder milagroso de Jesús, nos invitara a imitar su amor manso y humilde, tierno y activo. Y así, el mensaje de esta obra es que, hasta que Jesús regrese para juzgar a los vivos y a los muertos, los roles se invierten: el paralítico que extiende sus brazos es Jesús, y el rostro de Jesús es el nuestro: «Fue a mí a quien lo hicisteis…»
Pierre-Marie Dumont
[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]
• Cristo cura al paralítico en la piscina de Betesda (1667-1670, detalle), Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), National Gallery, Londres. © National Gallery Global Limited/akg-images
[1] Desgraciadamente, esta serie ya no se puede ver en la iglesia del hospital de la Caridad: mientras Sevilla estaba ocupada por el ejército francés, las obras fueron robadas en 1812 por José Bonaparte, hermano de Napoleón. Ahora están dispersas en museos de todo el mundo. Sin embargo, estas seis obras se pueden ver juntas nuevamente en www.magnificat.net/inicio/portada.
[2] La investigación arqueológica ha identificado con certeza el sitio donde se encontraba esta piscina, confirmando la veracidad histórica de los escenarios donde el evangelio según san Juan sitúa los hechos del Señor.