El comentario de la portada

¡Señor, enséñanos a orar! por Pierre-Marie Dumont

Retomando la vena explotada en su momento por Chardin (1699-1779), Pierre-Édouard Frère (1819-1886) dedicó su obra a la celebración «simpática» de la gracia excelsa de las familias pobres, que llevan una vida laboriosa y digna en el espíritu de las bienaventuranzas. Esta Francia que él pinta acababa de sufrir dramáticamente primero la Revolución francesa –no contenta con quitarles el acceso a la tierra, los martirizó por razón de su fe–, y luego la epopeya napoleónica que hizo matar a sus hijos en toda Europa y en Rusia. He aquí que, a mediados del siglo XIX, los valores de esta Francia cristiana, campesina y corporativista que estaba apenas renaciendo corrían el peligro de desaparecer para dar cabida a la explotación de las clases populares del pro­letariado obrero por una burguesía urbana, racionalista y ávida de enriquecimiento sin límites.

En este contexto, la obra de Pierre-Édouard Frère, bajo su apa­riencia amable, se plantea como un testamento social, político y religioso: así como la pobreza digna es un auténtico valor evan­gélico, de igual manera la miseria es indigna y clama al cielo. El pintor insistía también en la transmisión familiar de los valores de la civilización cristiana, testificando que la descristianización de la sociedad llegaría a ser irrefrenable el día en que las madres deja­ran de hacer amar la oración a sus hijos pequeños. Frère tuvo en su momento un gran éxito en Francia, donde fundó una escuela floreciente, de la que salió, de manera destacada, Jean-François Millet, el pintor del famoso Ángelus. Sus obras estuvieron presen­tes en todas las casas en forma de reproducciones. Pero fue sobre todo el público inglés y estadounidense quien le aseguró el éxito de pasar a la posteridad. 

  

La oración de la tarde (1857), Pierre-Édouard Frère (1819-1886), Ámsterdam (Holanda), Rijksmuseum. Dominio público.