El comentario de la portada

El icono del Dios-Amor por Pierre-Marie Dumont

Esta obra de Maurice Denis es un boceto realizado para la decoración de la iglesia de San Nicasio en Reims, una sublime iglesia de estilo art déco que fue construida a partir de 1923, en el corazón de la Ciudad Jardín de Chemin-Vert. Esta nueva ciudad se construyó en un terreno ajardinado de 30 hectáreas por iniciativa del movimiento social católico, para ofrecer mejores condiciones de vida a las familias de clase trabajadora.

En los muros de la iglesia, el artista debía ilustrar en la técnica del fresco las letanías de san José aprobadas por el papa san Pío X en 1909. Se trataba de honrar el papel del padre como cuidador, guardián, guía y tierno protector de la familia. Al representar una instantánea idealizada de la huida a Egipto, Maurice Denis responde bien al proyecto con un san José firmemente erguido, indicando la dirección correcta con su cayado, y tomando tiernamente a su esposa y al Niño Jesús bajo su brazo.

Pero el artista va más allá: sobre un fondo azul celeste único, representa a una Sagrada Familia en tonos ocres iluminados con dorado, un color que significa la humanidad que irradia la presencia divina. Los tres miembros de esta familia están profundamente unidos, el Niño adorablemente acurrucado en los brazos de su madre, ambos rodeados por el brazo amoroso del padre, como si el pintor quisiera sugerir que las tres personas de la Sagrada Familia son una sola en el amor que las une.

Maurice Denis se inspiró en la tradición iconográfica de la «doble Trinidad», en la que el Niño Jesús estaba representado en el centro de la obra, rodeado en el plano horizontal por María y José, y dominado en el plano vertical por el Padre y el Espíritu Santo. En la intuición de esta tradición, le gustaba representar a la Sagrada Familia como un icono terrenal que revela a la Trinidad celestial. De este modo, quería descubrir a las familias cristianas la grandeza de la misión unida a la fidelidad hacia su vocación: ser aquí abajo un icono del Dios-amor. Un icono imperfecto, ciertamente, pero instituido ad hoc desde el principio del mundo, luego transfigurado por la gracia sacramental del matrimonio. 

Todos somos «portadores de Cristo»

Pero me diréis: «¿Y qué hay del asno?» Bueno, mis queridos amigos, el asno que llevó a María embarazada de Nazaret a Belén, el asno que llevó a María y al recién nacido Jesús a Egipto, el asno que llevó a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, este asno valiente y simpático, pero a veces estrecho de miras y hosco, somos nosotros los cristianos. ¿No es nuestra vocación, sobre todo después de haber comulgado, ser Christophoros, «portadores de Cristo», en los caminos del mundo a los que nos lleva nuestra propia vocación?

Además, hoy en nuestra civilización poscristiana, este asno es estigmatizado como una bestia, es descartado, considerado un carca que se atreve a defender como derechos humanos «el derecho a la vida, del cual el derecho a crecer en el seno de la madre después de la concepción es parte integrante; el derecho a vivir en una familia unida; el derecho a fundar una familia, a acoger y educar a los hijos, a ejercer responsablemente la propia sexualidad; el derecho a la libertad religiosa, entendida como el derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la persona» (extractos de la Encíclica ­Centesimus Annus de san Juan Pablo II, n. 47). Este asno rechazado, que será condenado cada vez más a menudo, como lo fueron los profetas antes que él y Aquel al que porta, este asno que lleva a Cristo en el siglo XXI, ¿no somos acaso nosotros, los cristianos? ¿No sois vosotros que me leéis y yo que os escribo? l

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

 

La Huida a Egipto (1926), Maurice Denis (1870-1943), Reims, Museo de Bellas Artes. © Christian Devleeschauwer.