El comentario de la portada

Creer en todo lo que los profetas anunciaron por Pierre-Marie Dumont

Este fresco fue pintado hacia 1440 por el Beato Fra Angélico, en la pared de la celda 10 del convento dominico de San Marcos en Florencia. En este detalle de la presentación de Cristo en el Templo, Simeón, hombre justo y piadoso, acaba de recibir al niño Jesús de las manos de la Virgen María y lo ha tomado entre sus brazos.

El santo anciano pone así punto final a la espera expresada, desde la elección de Israel, por una larga lista de profetas. Y precisamente, en el lado donde se acomoda el niño, el verde del vestido de Simeón se transfigura en luz dorada; así, la esperanza, que había sido transmitida y fortalecida de generación en generación hasta Simeón, se disuelve en la realidad que anhelaba que aconteciera. El buen Simeón bien puede entonar el Nunc dimittis, porque sus ojos han visto la salvación que Dios ha preparado durante la larga y tortuosa marcha de toda la historia santa. Y para dejarlo bien claro, Fra Angélico inclina la cabeza de Simeón para que pueda contemplar mejor la carita feliz del más hermoso de los hombres. Mis ojos han visto, testimonia Simeón.

¿Qué vieron? La Salvación, afirma.

Pero ¿qué vemos nosotros? Un niño en todo similar a nuestros hijos, y por añadidura envuelto de tal manera que no puede hacer el más mínimo gesto.

¿Qué decir? ¿No es la salvación de Dios más que el amor de un niño inofensivo? Ciertamente, su nombre es Jesús, «Dios salva».

Pero ¿cómo se podrá realizar nuestra salvación por él, con él y en él? La respuesta nos la dará otro hombre que el evangelio también califica de hombre bueno y justo, y que igualmente esperaba el reino de Dios; un hombre que también recogerá a Jesús en sus brazos, de manos de la Virgen María: José de Arimatea, que, llevando el cuerpo del Cristo muerto, manifestará que todo se ha cumplido.

Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco 

La presentación de Cristo en el templo (detalle, Ca. 1440), fresco de Fra Angélico (1400-1455), Florencia (Italia), celda 10 del convento de San Marcos. © Battaglini / Leemage.