El comentario de la portada

La meditación de Cristo por María Rodríguez Velasco

Silencio y soledad es lo que despierta la contemplación de esta pintura, invitándonos a trascender su materialidad para implicarnos en la meditación de Cristo, desprovisto de atributos iconográficos que revelen su naturaleza divina. Tampoco advertimos rasgos sacros en la escenografía en la que parece diluirse la silueta de una figura simplificada que ni siquiera podemos individualizar por su rostro. Únicamente el gesto propio de la reflexión y el pensamiento obedece al título dado por el pintor, quien sintetiza en esta obra la evolución de su lenguaje pictórico. Y es que Alphonse Osbert, hijo de un fotógrafo y formado en la Academia de Bellas Artes de París, partió de su admiración por el naturalismo barroco para transformarlo y reinterpretarlo en clave vanguardista, con la luz y el color como protagonistas de la composición. Así, el pintor fue progresivamente alejándose del academicismo para acogerse a la revolución pictórica vivida en el París de finales del XIX.

El deseo de romper con la tradición anterior llevó a Osbert a exponer en el Salón de los Independientes de París, estrechando su amistad con Georges Seurat, pintor puntillista con quien coincidió en el estudio de su maestro Henri Lehmann. Seurat le introdujo en las posibilidades expresivas del color, con una técnica que le apartaba de la objetividad de la realidad para crear imágenes que solo encuentran respuesta en la imaginación del pintor. Desde 1886, año en que se escribió el manifiesto simbolista, Osbert participó de esta tendencia artística que dejaba atrás la individualización de las figuras y las rodeaba de escenografías casi oníricas, en visiones personales que exigían una participación más activa del espectador en la lectura e interpretación de las obras. En esta tabla, que perteneció a la colección particular de la hija del pintor, la verticalidad de Cristo, en paralelo a las trazas de un árbol de pinceladas rápidas y pastosas, conduce nuestra mirada hacia el horizonte. Allí emerge una potente luz dorada como único emblema de la naturaleza divina de Cristo, que se desvela en una composición teñida de cotidianidad.

La meditación de Cristo, Alphonse Osbert (1857-1939), Museo d’Orsay, París. © RMN-GP/Adrien Didierjean.