A los varones se nos escapan muchas veces las razones de los gustos o reacciones de las mujeres, como, por ejemplo, por qué les gustan tanto las flores. Seguramente captan mejor que nosotros la belleza, los aromas, el cariño de alguien querido que se las hace llegar.
Mayo, por el ciclo de las estaciones en nuestro hemisferio, es el mes en que todo florece. La naturaleza explota de vida, belleza, armonía… Quizá por eso los católicos hayamos dedicado este mes, el mes de las flores, a María. El canto popular dice: «Vamos todos con flores a María». María es la mujer por excelencia. Nadie como ella aprecia el buen olor de las flores que le regalamos y que debe revelar el aroma de las virtudes de quien se las regala, al igual que la belleza de esas flores remite a belleza de la gracia a la que este mes nos invita, mirándonos en María. María es la memoria de Cristo para la Iglesia: «María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón; María le daba vueltas en su corazón». Ella ha rumiado el misterio de Cristo y es espejo para que la imitemos.