La obra de arte

Santa Apolonia (1636) por Francisco de Zurbarán (1598-1664)

Francisco de Zurbarán, nacido en el pueblo extremeño de Fuente de Cantos (Badajoz), renovó el tratamiento iconográfico de los santos en sus ciclos monásticos y en los conjuntos de vírgenes que realizó para las iglesias sevillanas. Mediante estas últimas, el pintor se acerca de forma directa a la realidad de su época, ya que imágenes como la de Santa Apolonia son, en realidad, retratos a lo divino de doncellas nobles del siglo XVII, a las que representa ricamente ataviadas a la moda de la época, y con los atributos iconográficos propios de sus santas patronas, como las tenazas para el caso de santa -Apolonia, o la sierra en el de santa Eufemia.

Estos motivos identificativos derivan de las escenas más representativas de la vida de las santas, principalmente de sus martirios, como en el caso de Apolonia, a quien le arrancaron los dientes antes de condenarla a la hoguera. A las tenazas como instrumento de martirio, Zurbarán suma los signos de la gloria: la palma y la corona de flores con hojas trenzadas.

En las muchas versiones de las santas realizadas por Zurbarán, el pintor sigue unas constantes que configuran un lenguaje pictórico propio y que será asimilado posteriormente por no pocos seguidores, como el hecho de que la figura se recorte sobre un fondo neutro y en actitud de caminar.

Esta disposición obedece a la ubicación original de las obras, hoy dispersas en varias colecciones, pero concebidas como un conjunto unitario que decoraba la parte alta de los muros de la nave central de las iglesias, de modo que cada figura se integraba en un cortejo que se dirigía hacia el altar mayor, lo que explica su postura de avance ritual. El ejemplo más representativo de -Zurbarán es el que trabajó para la capilla del Hospital de las Cinco Llagas, en Sevilla, con el que reforzaba el sentido litúrgico del espacio.

Con su mirada, las santas implican al espectador y le invitan a seguirlas en este peregrinar hacia Cristo. Las jóvenes se idealizan y se convierten en modelos de virtud y santidad a partir de la cotidianidad; al mostrarse como personas cercanas y de su época, llegaban de forma más directa a los fieles. Zurbarán apuesta siempre por la belleza serena a la hora de realizar los rostros, aunque esto no siempre estuviera en consonancia con la historia, como sucede en el caso de santa Apolonia, si nos atenemos al relato de Eusebio de Cesarea, quien nos habla de una mujer madura en el momento del martirio.

Su biografía, que se funda en una carta que escribe Dionisio de Alejandría a su obispo, Fabio, recoge cómo durante las persecuciones contra los cristianos del año 249, bajo mandato de Filipo el Árabe, Apolonia fue -invitada a adorar a los ídolos y a apostatar de su fe. Tras la negativa de la mujer, esta fue apedreada y golpeada hasta perder gran parte de la dentadura, el resto le fue arrancada con tenazas antes de ser condenada a la hoguera. Sus heroicas virtudes fueron reconocidas en el año 299, cuando fue canonizada por el papa Marcelino.

En las recreaciones que Zurbarán realiza de sus santas vírgenes destaca el excepcional tratamiento de sus vestimentas, absolutamente anacrónicas, inspiradas en la moda del siglo XVII. En este sentido, podríamos decir que se advierten ecos de la infancia del pintor, cuando en el negocio familiar pudo apreciar el peso de los tejidos, las líneas de los pliegues, el hilo fino de los bordados, el brillo de las sedas, el espesor de los brocados o la rudeza de los sayales.

La observación de los ropajes desde su niñez se completó con su tratamiento técnico en el taller sevillano del escultor Pedro Díaz Villanueva. Desde 1614 está atestiguado el aprendizaje de Zurbarán con este pintor de imaginería, lo que explica también la volumetría y el carácter escultórico que adquieren sus figuras, con vestimentas envolventes que no dejan entrever la anatomía y que, como se observa en este caso, introducen un juego cromático de fuertes contrastes.

Tras tres años en el obrador de Díaz Villanueva, -Zurbarán quiso completar su formación con maestros de mayor reconocimiento en el campo de la pintura, Herrera el Viejo y Francisco Pacheco. La estancia en el taller de este último fue fundamental, pues allí conoció al joven Velázquez, con quien mantendría una amistad hasta el final de sus días, como demuestra la colaboración de Zurbarán en una de las empresas artísticas más notables de la corte de Felipe IV: la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, coordinada por Velázquez.

Allí trabajó el género mitológico, con la representación de los Doce trabajos de Hércules, y la pintura de historia, en la que mostró su falta de pericia para el tratamiento del desnudo y para la integración de varias figuras en el paisaje. De hecho, el pintor muestra su escaso dominio de la perspectiva a la hora de trabajar los distintos planos compositivos.

Su presencia en el taller de Pacheco fue también determinante en el modo de abordar las obras sacras, pues el maestro, al frente de una academia pictórica, escribió un tratado de pintura donde describía el modo más adecuado de representar cada escena o personaje con el decoro exigido en la Contrarreforma. Asimismo, en los tratados pictóricos del siglo XVII se señalaba que las vírgenes mártires conservaban su belleza a pesar del paso del tiempo y de los suplicios vividos, tal como transmite Zurbarán en esta pintura de Santa Apolonia.

Se ha dicho que estas figuras de las santas vírgenes de Zurbarán podrían estar inspiradas en las escenificaciones de los autos sacramentales y en las procesiones del Corpus Christi celebradas en la ciudad de Sevilla, donde las damas adoptarían esta misma actitud procesional y se ataviarían con la moda pintada por Zurbarán. La cotidianidad de estas imágenes despertó cierta polémica en los círculos contrarreformistas de la época, pues estos consideraban que se debía dotar de mayor solemnidad a las representaciones de las santas y no mostrarlas como mujeres mundanas.

En esta línea se había pronunciado el cardenal arzobispo don Fernando Niño de Guevara en el sínodo provincial de Sevilla en 1604, al señalar que con la suntuosidad de las vestimentas se confundía a los fieles, por no establecer una estricta separación entre el retrato profano y la imagen sagrada. Pero lo cierto es que Zurbarán creó y consolidó esta nueva fórmula de representación que tuvo gran aceptación tanto entre el pueblo, como en América, pues, desde la década de 1640, los lienzos de las santas se exportaban desde el puerto de Sevilla a fin de ser vendidos en las ferias del Nuevo Mundo.

Hasta allí llegaron también los crucificados y las inmaculadas del pintor, que encontró un gran mercado más allá de nuestras fronteras que le permitió superar la grave crisis económica y la decadencia pictórica que se dio de forma generalizada en Sevilla a causa de la peste de 1649.

Zurbarán asimiló las enseñanzas de otros maestros y contempló numerosas estampas para crear un estilo propio, lleno de espiritualidad, con una gran capacidad simbólica desde la cotidianidad de los detalles. En este sentido, se podría calificar a Zurbarán como el pintor de la realidad, una realidad sublimada que nos lleva desde la belleza material hasta la Belleza con mayúsculas, que nos conduce a lo trascendente desde la sencillez de sus composiciones.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Santa Apolonia (1636) - Francisco de Zurbarán (1598-1664) Museo del Louvre, París

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