El comentario de la portada

La profecía se realiza ante nuestros ojos por Pierre-Marie Dumont

¿Quién sigue leyendo hoy a los grandes profetas franceses del siglo XX: a Péguy, Claudel, Bernanos, Saint-Exupéry? Cada uno, desde su punto de vista, se quejaba de la llegada de una misma abominación: «su» civilización se moría. Si bien era necesario per­feccionar esa civilización, a fin de que el reino de Dios creciera sobre la tierra, todo lo que era brillante iba pronto a desaparecer. El materialismo, el hedonismo, la preocupación de uno mismo (hoy lo llamaríamos la realización personal) iban a inundarlo todo, incluidas la verdadera fe y las antiguas virtudes, la belleza, la bon­dad y la verdad. El signo de la llegada del fin del mundo es que las grandes y aterradoras ciudades reducen ya la civilización rural y pastoral a objetos para amueblar sus museos. Desde entonces, la profecía se ha hecho realidad. La tierra fecunda que fertilizaba nuestra civilización ha desaparecido. Las aldeas fueron abando­nadas; las relaciones humanas se han vuelto virtuales. La fe y la devoción están en vías de extinción; los parámetros morales, que, lejos de constreñirlos, guían a los hombres libres, se han pervertido.

En la cubierta de Magnificat plasmamos esta encantadora escena pastoral, que fue pintada por Jozef Israëls en 1864. En ella se pone de relieve un aspecto angustioso y misterioso de esta profecía: en la nueva civilización, es decir, en la nuestra, la palabra de Dios ya no tocará inmediatamente el espíritu y el corazón de quien, de cerca o de lejos, nunca haya preparado la buena tie­rra con el sudor de su frente, ni vivido la siembra y la cosecha, ni guardado las ovejas, ni rescatado una oveja extraviada; esta civili­zación se encuentra en realidad a mucha distancia del evangelio y de sus parábolas. No estemos tristes: sigamos profundizando en la palabra de Dios para hacer mejor la lectura divina; y hasta que vuelva en gloria, nuestro Señor Jesucristo sigue presente en el mundo. Quizás podemos aprovechar nuestras vacaciones en el campo para recuperar, con un poco de nostalgia, una perla de la savia que alimentaba el fervor de nuestros padres en la fe.

 

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

Pierre-Marie Dumont

 

La oración del pastor (1864), Jozef Israëls (1824-1911), Museum of Art, Toledo, Ohio, EE.UU.

© akg-images.