El comentario de la portada

Cristo calmando la tempestad por María Rodríguez Velasco

La pintura que contemplamos supone una absoluta renovación ico­nográfica de la escena de Cristo calmando la tempestad, recogida en los textos de san Mateo (8,23-27), san Marcos (4,35-41) y san Lucas (8,22-25). Esta reinterpretación llega de la mano del pintor belga James Ensor, quien convierte al color y la luz en medios expresivos para su representación. Cuando realiza esta obra, tras haberse formado en la Academia de Bellas Artes de Bruselas (1877-1880), Ensor ya había abordado el género del paisaje, concretamente las marinas, si bien con tonalidades más sombrías que deja atrás a partir de la década de los 80. Es entonces cuando da cabida en su producción a temas reli­giosos, pues, aunque el pintor se declaraba ateo, se identificaba con la falta de humanidad que había encontrado Cristo en el mundo. Es precisamente esto lo que había llevado al pintor a especializarse en temas grotescos, protagonizados por anónimos mascarones, que lo sitúan como precedente del expresionismo.

Aunque pasó prácticamente toda su vida en su localidad natal, Ostende, James Ensor admira el empleo del color de los impresionis­tas y el tratamiento lumínico de los paisajes de Turner, cuyas obras contempla de forma directa cuando viaja a Londres en 1887. Preci­samente este pintor inglés había plasmado en sus lienzos las tormen­tas del mar de Galilea, dando todo el protagonismo a la violencia de las olas. James Ensor parece aunar en la pintura que contemplamos estas dos referencias: la exaltación del color, mediante una aplicación antinatural de pinceladas empastadas, y la violencia de la naturaleza, frente a la cual el hombre parece insignificante. Con la fuerza del color expresa que se produjo una tempestad tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas (Mt 8,24). Los apóstoles apenas se vislum­bran ante la fuerza de una naturaleza que únicamente Cristo puede calmar al increpar al viento y el mar (Mc 4,37). Su presencia de pie en la proa está sugerida por una mancha de color blanco y por los rayos que emanan hacia el resto de la composición. James Ensor no se detiene en pormenores narrativos, sino que nos sobrecoge con la fuerza de su pincelada para transmitir que los apóstoles se llenaron de miedo (Mc 4,41). El alejamiento de las fórmulas iconográficas tra­dicionales al abordar las escenas religiosas despertaron en el público muchas veces el escándalo y rechazo ante las obras de James Ensor.

 

María Rodríguez Velasco

 

 Cristo calmando la tempestad (1891), James Ensor (1860-1949), Museo de Bellas Artes, Ostende, Bélgica. © Artothek/La collection.