El comentario de la portada

El gran misterio de la familia por Pierre-Marie Dumont

Eduard Steinbrück (1802-1882) es un pintor alemán de la Escuela de Düsseldorf. En su tiempo, gozó de gran fama y tuvo una importante influencia sobre la pintura de mediados del siglo XIX, especialmente en Estados Unidos. Aunque su padre, un rico hombre de negocios, era un francmasón comprometido, el joven Eduard

se convirtió pronto en un devoto protestante evangélico bajo la influencia Friedrich Schleiermacher, el teólogo de la mediación. Tras una larga maduración interior y de apasionados debates con sus maestros y pastores protestantes amigos, poco a poco se convirtió al catolicismo. No dio el paso públicamente hasta los 56 años. Se

dice que su decisión final de «regresar a nuestra gran casa familiar» fue tomada después de leer un libro de Clemens Brentano sobre la vida de la mística Ana-Catalina Emmerich.

La admirable vocación de san José

Eduard Steinbrück se formó en el estudio del pintor neoclásico Karl Wilhelm Wach, alumno de David y admirador de Rafael. Después, se trasladó a Roma para completar su formación. A la vuelta de la Ciudad Eterna, se casó y dos años más tarde, en 1832, regresó a Roma para pintar la obra que contemplamos en la portada de Magnificat de este mes: La Virgen con el Niño en el taller. Su esposa Amalia y su primogénito fueron sus modelos. El artista puso todo su corazón en esta celebración familiar donde, al igual que san José, él tampoco aparece en el cuadro. Nos toca a nosotros, los espectadores, descubrir que la admirable vocación

de san José, el triunfo de la humildad, es celebrada sublimemente por la gran puerta abierta a su estudio, del que sale su esposa, la Madre de Dios que, en la gloria de su virginidad, entrega al mundo a su primogénito.

Se podría pensar que Steinbrück pintó esta obra como si, siendo alumno en el estudio del Perugino, hubiera sido asignado al mismo caballete de Rafael. Sin embargo, incluso en este homenaje a Il divino, Steinbrück no puede evitar ser hijo de su tiempo, tanto a la hora de expresar su alma romántica como de inspirarse

en la corriente artística tardía de los pintores nazarenos. El objetivo de los llamados artistas «nazarenos» era renovar la pintura académica clásica desde el espíritu del cristianismo tomando como modelo a los maestros medievales.

Así, en esta obra que a primera vista podría pasar por ser el brillante plagio de un Rafael de los primeros años, el estilo es más suave y reservado; la paleta de colores, si bien retoma la tonalidad del maestro de Urbino, rechaza su estridente transparencia; las expresiones de los rostros son encantadoras, pero muy introspectivas; el parterre de florecitas y la vid trepadora evocan las miniaturas de los libros de horas: este tratamiento típicamente «nazareno» pretende dar a esta escena de la vida cotidiana una dimensión sobrenatural, al tiempo que rechaza el lenguaje de la distancia alegórica.

Él solo espera una señal nuestra

Si bien el rostro de María está sumido totalmente en la contemplación interior de las maravillas que el Señor hizo por ella, el divino Niño, en cambio, deliberadamente se vuelve con su mirada y sus gestos hacia nosotros, los espectadores, como diciéndonos que solo está esperando una señal de amor nuestra para arrojarse a nuestros brazos y entregársenos del todo. ¿Cómo resistirse?

Al celebrar la fiesta de «san José obrero» en el primer día del mes de María, esta obra resulta maravillosamente adecuada para acompañar nuestra contemplación de la dimensión conyugal y familiar del gran misterio de la salvación.

Pierre-Marie Dumont

Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco

La Virgen con el Niño en el taller (1832), Eduard Steinbrück (1802-1882), Museo de Hannover, Alemania. © Landesmuseum Hannover/Artothek/La Collection.