El comentario de la portada

¡Al desierto! por Pierre-Marie Dumont

En el centro de un desierto atormentado por relieves rocosos, Jesús es el único que permanece sentado, retirado. Detrás de él, la luz crece y empieza a dominar las tinieblas. Los tonos del cre­púsculo se mezclan con los de la aurora: la antigua Ley se fusiona con la Ley nueva y eterna, para revelar al Hijo de Dios que viene. Se prepara con el combate espiritual para comprometerse en el último acto, trágico, de su misión terrestre. Antes de entrar en su vida pública, es decir, antes de cumplir plenamente su sublime vocación, era necesario que el Hijo del hombre verificara su liber­tad humana al fuego de las privaciones. Esta libertad iba a ser puesta a dura prueba, hasta el sacrificio supremo, hasta ponerse ante la elección de decir, en un gemido inefable: «Padre, que se haga tu voluntad y no la mía».

Si, en Jesús, Dios ha ido al desierto para seguir siendo un hombre libre, con mayor motivo nos es necesario seguirle allí, al menos cada vez que también nosotros tengamos que poner en juego nuestra libertad para asumir un compromiso importante. En efecto, dos leyes gobiernan a quien quiere dedicar su vida a la llegada del reino de Dios. La Ley del amor: «Lo que hago, ¿va en el sentido del cumplimiento de la voluntad del Padre?» y la ley de la libertad: «Lo que hago, ¿me hace dependiente, esclavo, me impide ser totalmente libre para dejar que mi vida sea guiada por la ley del amor?» Es decir: «Si para cumplir plenamente mi voca­ción, tengo que decir que no a tal impulso, tal deseo, tal costum­bre, tal adicción en relación a los alimentos, a la bebida, al sexo, a las pantallas, al teléfono, a mis diversiones, a mi trabajo, ¿seré capaz de hacerlo?» Para responder en verdad a esta cuestión, tengo que imitar a Jesús y retirarme al desierto. En este espíritu, cada uno de nosotros puede probarse para medir en qué grado de libertad cristiana se sitúa. No cuarenta días, ni en el Sáhara… sino en su casa, solo dos días. ¿El programa? Silencio, oración, meditación, lectio divina, paseos por la naturaleza, oficios religio­sos, visitas al Santísimo, lectura edificante sobre el combate espiri­tual… Y el desierto, ¿dónde está? En primer lugar, en desconectar completamente: teclados, conexiones, pantallas. Luego, en huir de cualquier distracción: trabajo, bricolaje, juegos, periódicos, lecturas fútiles. Finalmente se siente hambre. Por lo tanto, agua fresca y un pequeño mendrugo de pan tarde y noche… ¡Mucho ánimo!

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

 

Cristo en el desierto (1898), Briton Rivière (1840-1920), Guildhall Art Gallery, Londres, Inglaterra.

© Bridgeman Images.