La obra de arte

Oración de Jesús en el huerto, Ca. 1458-60 por Andrea Mantegna, Ca. 1431-1506

La pintura de Andrea Mantegna se postula como una de las más renovadoras del Quattrocento italiano por el realismo de sus figuras y el planteamiento perspectivo del espacio. Su formación junto a Squarcione, un pintor y coleccionista de Padua, despertó su gusto por la antigüedad, convertida desde entonces en el mejor modelo para Mantegna. La copia de esculturas grecolatinas le introdujo en el estudio anatómico de sus personajes, de gran corporeidad y viveza expresiva, con un gran realismo que lo aleja de la idealización de otros maestros de su época.

 En la concepción de sus personajes, monumentales y profundamente humanos, no pasa desapercibida la influencia del escultor Donatello, con quien coincidiría en la ciudad de Padua. De hecho, Mantegna también abordó el arte de la escultura, realizando su propio autorretrato en bronce. Junto a Squarcione perfeccionó la técnica del dibujo, como se revela en los muchos grabados que realizó y que sirvieron de inspiración a pintores del siglo XVI, como Alberto Durero.

 Su lenguaje pictórico se completa con una paleta cromática enriquecida tras un viaje a Venecia, donde emparentaría con uno de los pintores más relevantes de la ciudad ducal, Jacopo Bellini, al contraer matrimonio con su hija Nicolasia en 1452. Cuatro años más tarde, su fama llegó a la corte de Mantua y fue llamado por Ludovico Gonzaga, quien lo convirtió en su pintor de corte, dotándole de grandes favores y distinguiéndole con la categoría de gentilhombre de su casa, la mayor consideración social para el artista, que permaneció en Mantua prácticamente hasta el final de sus días. No obstante, su trabajo en esta corte no le impidió responder a encargos de gran relevancia, como el realizado por el papa Inocencio VIII para decorar la capilla del Belvedere en el Vaticano (1488-90).

 La Oración de Jesús en el huerto sintetiza los planteamientos de Mantegna respecto al tratamiento de las figuras y del espacio. En la tabla que contemplamos, la profundidad del paisaje favorece el carácter narrativo de una pintura en la que se aúnan tres instantes diferenciados: la oración de Jesús, el sueño de los apóstoles y la llegada de Judas con los hombres del sumo sacerdote. Presente y futuro se unen en una composición que en la lejanía anuncia el arresto de Cristo.

 El pintor parte de un punto de vista bajo que acentúa la monumentalidad del conjunto e implica con mayor fuerza al espectador. Los distintos niveles del paisaje le sirven a su vez para distribuir los grupos de figuras, destacando la dramática soledad de Cristo, que se apartó de ellos como a un tiro de piedra (Lc 22,41). Su figura se eleva sobre una roca escarpada, todavía un tanto acartonada en su tratamiento. Estando arrodillado en oración, se le aparece un cortejo de ángeles que no obedecen estrictamente a los relatos de los evangelistas, pues solo Lucas nos habla de que se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba (Lc 22,43). Mantegna, sin embargo, nos presenta a un cortejo de ángeles que ofrecen a Cristo los signos de la pasión: la corona de espinas, la cruz, la esponja mojada en vinagre y la lanza que atravesará su costado. Estas figuras ya denotan su conocimiento de las tipologías de la cultura grecolatina, y su idealización se contrapone al mayor realismo de Cristo, quien, en medio de su angustia, oraba con más intensidad (Lc 22,44).

 Siguiendo los relatos de san Mateo y san Marcos, en primer término de la composición, se encuentran Pedro, Santiago y Juan, quienes se quedaron dormidos mientras Cristo oraba: Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos (Mt 26,40). Mantegna subraya su disposición escorzada y su carácter escultórico, con una gran volumetría reforzada por los pliegues de sus vestimentas. Los rostros y los pies ennegrecidos por el camino nos hablan de nuevo de una profunda humanidad, ajena al sufrimiento de Cristo (mi alma está triste, hasta la muerte, Mc 14,34).

 La precisión técnica de los personajes citados hasta el momento contrasta con la menor definición de las figuras que se acercan desde las murallas de Jerusalén, plasmando así el pintor el efecto de lejanía. Estos soldados anónimos, armados con picas y lanzas, son encabezados por Judas, cuyo gesto indicativo señalando a Cristo es esencial para la unidad del conjunto: Todavía estaba hablando cuando apareció la turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce (Lc 22,47). De esta forma invita a sus acompañantes y al espectador a contemplar a Cristo, próximo a su arresto, como él mismo señala en su diálogo con los tres apóstoles: ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega (Mt 26,46). Mantegna aprovecha las líneas curvas del paisaje para desplegar un amplio cortejo que refuerza el entramado compositivo al recorrer buena parte de la obra. Entre los hombres del sumo sacerdote, algunas corazas musculadas revelan su interés por la anatomía.

 La desnudez del paisaje, con el árbol seco que expresa también la idea de la muerte, se completa con el minucioso diseño de la ciudad de Jerusalén. Mantegna, que también se distinguió como arquitecto en la corte de Mantua, nos descubre en la recreación de la ciudad su gusto por la antigüedad clásica, ya que Jerusalén es presentada con detalles de la Roma imperial. En este sentido, apreciamos la columna historiada, con la distribución helicoidal del relieve, inspirada sin duda en las columnas dedicadas por Trajano y Marco Aurelio. Sobre ella, un retrato ecuestre en bronce evoca la imagen de poder más frecuente en los foros romanos. Entre las arquitecturas destaca su referencia al Coliseo, plasmando la superposición de órdenes propia del decoro de esta construcción. Su personal reinterpretación de Jerusalén recuerda sus años de aprendiz y el gusto por la arqueología transmitido por su maestro Squarcione.

 Una mirada detenida al paisaje nos descubre detalles de gran simbolismo que enriquecen el significado de la escena. Nos referimos a pequeñas figuras animales, en algunos casos apenas perceptibles. En la rama del árbol que nos introduce en la composición, un cuervo negro preludia la muerte de Cristo. En marcado contrate cromático, a los pies del árbol, unos pelícanos refieren de forma alegórica la entrega de Cristo para la salvación del hombre. Esta lectura deriva de los Bestiarios, interpretaciones moralizadas de un original griego del siglo II (Fisiólogo), donde el pelícano se presentaba como ave ejemplar que alimentaba a sus polluelos con su propia sangre picoteándose el pecho. Por ello en los repertorios de la iconografía cristiana esta ave era considerada alegoría cristológica y eucarística. El tercer animal que podríamos encontrar en el huerto de los Olivos representado por Mantegna es la liebre, junto a Cristo y ante el grupo encabezado por Judas, encarnando la actitud de vigilancia frente a las figuras dormidas de los apóstoles.

 El pintor, en su erudición, era conocedor de los Hieroglyphica de Harapolo, de donde extrajo tal alegoría. Este texto, datado entre los siglos IV y V, se redescubrió en el siglo XV y se convirtió en una importante fuente de inspiración para los humanistas del renacimiento italiano. Mantegna se muestra en este caso también como intelectual, lo que ennoblece en mayor grado su faceta de dibujante y colorista.

 En las rocas dispuestas sobre los apóstoles, el pintor quiere dejar constancia de su autoría con la inscripción Opus Andreae Mantegna, consciente probablemente de su reconocimiento social y de la renovación que introducía entre sus coetáneos al trabajar esta escena. Aunque se ha dicho que habría partido de un dibujo de Jacopo Bellini, lo cierto es que Mantegna lo supera por sus planteamientos matemáticos del espacio y por la solidez de unos personajes que parecen anticipar corrientes naturalistas propias de los siglos venideros.

 

María Rodríguez Velasco - Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

Oración de Jesús en el huerto, Ca. 1458-60, Andrea Mantegna, Ca. 1431-1506, National Gallery, Londres