La obra de arte

Sepulcro de Carlos III el Noble y doña Leonor de Trastámara (1413-1419) por Joham Lome de Tournay († 1449)

En nuestro recorrido por el Camino de Santiago desde Roncesvalles, otro emplazamiento digno de reseñar es la catedral de Pamplona, donde nos centraremos en la contemplación del monumento funerario del rey Carlos III el Noble y de su esposa, Leonor de Trastámara, una de las obras más representativas de la escultura gótica navarra.

La escultura funeraria encierra una gran riqueza de significados a partir de un repertorio de símbolos que trasmiten el poder y la piedad de los personajes representados. Además, el análisis de la escultura funeraria de la Edad Media revela la concepción que el hombre tenía de la muerte, como nacimiento a la eternidad, y de la vida, como homo viator, hombre en camino hacia Dios. En los monumentos funerarios, cada hombre deja constancia de cómo quiere ser recordado en la posteridad, por lo que a menudo reyes y nobles, en sus disposiciones testamentarias, precisan indicaciones concretas respecto a ubicación, materiales, atuendos, iconografía…, tal como veremos en el caso de los reyes que nos ocupan.

La introducción de las sepulturas en el interior de las iglesias, a partir de las Siete Partidas (1256-1265) de Alfonso X el Sabio, genera una jerarquización de los espacios, pues se busca para los enterramientos la máxima cercanía al altar mayor, siendo el coro el lugar privilegiado para emplazar monumentos funerarios, como el de Carlos III el Noble, quien en su testamento (11 de junio de 1403) ya había señalado su deseo de descansar en este lugar. Estos asentamientos no solo eran privilegiados en lo material, sino sobre todo en lo espiritual, pues de este modo los finados se aseguraban la intercesión por sus almas mediante los cantos recitados por monjes y eclesiásticos. La obra que contemplamos responde a una tipología exenta y centraliza el coro de la catedral de Pamplona, por lo que está tallada en las cuatro caras del lecho.

Como suele ser habitual en estas piezas, el monumento es comenzado en vida de los reyes, en 1413, en el taller que el escultor borgoñón Joham Lome de Tournay tenía en la villa de Olite. Este maestro había llegado a Navarra dos años antes, tras el viaje que Carlos III había realizado a sus posesiones francesas de Evreux, y trabajó desde entonces para la corte, donde consolidó su carrera, hasta ser nombrado maestro de fábrica de la catedral de -Pamplona en el año 1439. Para sus ambiciosos proyectos al servicio de los reyes, el borgoñón contaba con un conjunto de experimentados colaboradores, entre los que destacan Michel de Reims, Anequín de Sora, Collín de Reims o Johan de La Garnie. Todos ellos están documentados en las principales obras del maestro Lome en Olite y en la sede episcopal de Pamplona.

La relevancia de este real encargo determinó desde un principio la selección de materiales nobles para el sepulcro de Carlos III: básicamente alabastro policromado, combinado con mármol para el lecho y bronce para detalles decorativos. Las cuatro caras del basamento están protagonizadas por figuras de plorantes que oran eternamente por la salvación de los finados. La continuidad de estos personajes obedece a que el monumento está concebido para ser rodeado, para ser contemplado desde sus cuatro puntos de vista.

Tallados en bulto redondo, destacan por su tridimensionalidad, conseguida a partir de ropajes envolventes de pliegues quebrados y angulosos que sugieren el claroscuro. La diversidad de atuendos permite diferenciar a monjes, cardenales u obispos, portando libros y rosarios, en perpetua oración por los reyes, recordando a su vez la liturgia funeraria y la cotidianidad de las exequias. Todos ellos destacan por un intenso naturalismo en la captación del dolor que deja atrás los gestos convencionales de siglos anteriores. Precisamente este realismo permite individualizar en este cortejo a los obispos Sánchez de Oteiza, para quien Lome también realizó su monumento funerario en la catedral de Pamplona, y Pérez Dega, confesor de la reina Leonor de Trastámara.

La forma de trabajar los pliegues, el realismo y el detallismo dominante evidencian la influencia en este conjunto de la escuela flamenca, más concretamente, en lo referente a la escultura, del maestro Claus Sluter, iniciador del sepulcro de Felipe el Atrevido, donde también destaca la expresividad de los plañideros del basamento (1405-1406, Museo de Dijon). De esta forma, se hace patente el valor de lo cotidiano y la humanización reinante en la iconografía gótica frente al mayor simbolismo de los siglos anteriores. No obstante, también encontramos repertorios de gran fantasía en los motivos vegetales y animales tallados en las peanas de los plañideros que constituyen el basamento del sepulcro de los reyes navarros.

La segunda parte de la intervención escultórica de Lome se centra en el retrato doble de los yacentes, en actitud orante, dirigiendo su plegaria ante el altar mayor de la catedral. En ambas figuras destaca el realismo en la captación de rasgos de los rostros y en las manos, con las venas muy marcadas. De hecho, desde el siglo XIV se generaliza la utilización de mascarillas funerarias de cera como modelo para el posterior monumento funerario, siguiendo una técnica ya utilizada desde la antigüedad romana.

Como símbolos del poder del rey, aparecen la corona y el manto real, anudado sobre el hombro. Destaca el decorativismo de las mangas y el remate de su sobrecamisa, con flores de lis en bronce, emblema heráldico que nos recuerda el origen del rey. Enmarcado en su parte superior por un doselete tallado con total minuciosidad, a sus pies reposa un león, animal que simboliza la realeza, la fuerza y el poder. Junto a él, la reina, con el cabello recogido según la moda del siglo XV, también tocada con una corona de bronce que originalmente estuvo engalanada con perlas siguiendo modelos de orfebrería coetáneos. La mayor idealización de su rostro, sobre alto almohadón propio de su condición social, evidencia la serenidad de doña Leonor, su mirada fija en el presbiterio de la catedral.

En su atuendo destaca sobre el alabastro un cordón, trabajado en bronce, que recoge el deseo expresado por Leonor de Trastámara en su testamento. Al parecer, la reina, al formalizar este documento el 27 de julio de 1414, había determinado ser enterrada en la catedral de Santa María (Pamplona), amortajada con el hábito de san Francisco dentro de su sepultura y con ropajes reales en la escultura sobre el lecho. Pidió también que sobre estos ropajes se pusiera el cordón de nudos propio de los franciscanos, si bien el escultor sustituirá este por un cordón ornamental. A los pies de la reina se disponen dos lebreles, perros de caza que se convierten en emblema de nobleza y alegoría de la fidelidad. Como es habitual en las esculturas funerarias, también en este conjunto se introducen inscripciones identificativas de los protagonistas y a la vez laudatorias. En este caso, sobre el dosel del rey, se exaltan su piedad y misericordia y doña Leonor es presentada como «buena reina, sabia y devota».

Monumentos funerarios como el que hemos contemplado constituyen una de las máximas expresiones de la escultura gótica, que asimila a la vez las tendencias flamencas en el tardo-gótico hispano y evidencia que el arte, a partir de referencias cotidianas, símbolos e inscripciones, puede convertirse en un importante documento histórico, en este caso respecto a dos reyes que escriben con sus vidas la historia de Navarra.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Sepulcro de Carlos III el Noble y doña Leonor de Trastámara (1413-1419)  Joham Lome de Tournay († 1449), Catedral de Pamplona © DR.