La obra de arte

Parábola de los trabajadores de la viña, 1637 por Rembrandt Hamenszoon van Rijn (1606-1669)

Pese a ser hoy en día uno de los pintores más aclamados del siglo XVII, la vida de Rembrandt no siempre fue fácil, pues al reconocimiento de su obra se sumaron dramas familiares, como la pérdida de su mujer al poco de dar a luz a su cuarto hijo y graves crisis económicas. El dolor y la búsqueda de la felicidad parecen plasmarse también en su recorrido artístico, ya que las obras de colores intensos y formatos monumentales alternan con las más sombrías y de menores proporciones.

Pintor prolífico, prácticamente abordó todos los géneros, destacando su tratamiento de las escenas bíblicas y los retratos, donde consigue una gran captación psicológica de sus modelos, como muestran los muchos encargos que recibió de la burguesía de Ámsterdam. Todavía al final de su carrera, en 1667, el gran duque de Toscana, Cosme III de Medici, llegó a viajar hasta Ámsterdam para ser retratado por el maestro.

Pero hasta conseguir establecerse en esta ciudad a finales de 1631, Rembrandt había recorrido un largo camino con punto de partida en su ciudad natal, Leiden. Allí recibió formación en latín, lo que explica un interés por las humanidades que derivó en el conocimiento de la iconografía clásica y en su postrera afición por el coleccionismo.

Aunque, movido por su familia, comenzó los estudios universitarios, pronto los abandonó para dedicarse a su verdadera vocación, la pintura. Para ello acudió inicialmente al taller que Jacob van Swanenburgh tenía en -Leiden; allí permaneció durante diez años, si bien su ambición y sus ganas de aprender le llevaron a Ámsterdam en busca del maestro Pieter Lastman, reconocido pintor de historia apegado a la tradición academicista. Allí conoció a Jan Lieven, con quien, una vez concluido su aprendizaje, en 1627 decidió abrir su primer obrador en Leiden.

Su fama iba en aumento, llegando incluso a la corte de la Haya, lo que hizo que Rembrandt se instalara definitivamente en Ámsterdam, ciudad de gran prosperidad comercial, donde los encargos pictóricos crecían, en parte gracias a que su matrimonio con Saskia le afianzó en los círculos burgueses y aristocráticos del entorno. Esto implicó mucho trabajo para el pintor, pero también que viviera por encima de sus posibilidades, hasta contraer numerosas deudas que le llevarían al final de su vida a la ruina.

Rembrandt conocía perfectamente la tradición anterior y sus fórmulas de representación para los distintos temas, admiraba a los maestros renacentistas, pero siempre se reveló con una gran creatividad en la reinterpretación de los distintos géneros y en el tratamiento de temas apenas trabajados hasta entonces, como la Parábola de los trabajadores de la viña, realizada en 1637, probablemente por encargo de un particular debido a sus reducidas dimensiones. Rembrandt había pintado principalmente episodios del Antiguo Testamento para responder a los deseos de sus comitentes; ahora renueva la temática, inspirándose en el evangelio de san Mateo (Mt 20,1-16) e innova también el modo de abordarla.

En los pocos precedentes que se conservan de la tradición bizantina, los trabajadores de la viña que se suceden en las distintas horas son identificados con patriarcas y profetas del Antiguo Testamento (Enoc y Noé como viñadores de la primera hora; Abrahán, Isaac y Jacob en la octava hora; Moisés y Aarón los de la novena, seguidos por los profetas), hasta llegar a la undécima hora, donde hacen su aparición los apóstoles para recibir el mismo salario.

En la tradición occidental, donde tampoco advertimos apenas representaciones de la parábola bíblica, se aprecia cómo las distintas horas simbolizan las diferentes edades del hombre (infancia, pubertad, adolescencia juventud, madurez y senectud), vinculándose además esta temática con el ciclo iconográfico de las obras de misericordia.

Rembrandt se aleja de cualquier simbolismo para transformar la escena bíblica en un episodio cotidiano del siglo XVII, con un tratamiento anacrónico de la escenografía doméstica y de los personajes. Gran admirador del tenebrismo de Caravaggio, el pintor flamenco utiliza el episodio no tanto para incidir en su carácter narrativo, sino como pretexto para realizar un magistral estudio de la luz, con el claroscuro como criterio para definir composición y espacio. Rembrandt combina la estancia interior con el exterior empleando dos vitrales como fuentes esenciales de luz en la composición.

Con la alternancia de luz y de sombra, el pintor sugiere los distintos planos de profundidad que acogen a las figuras, apenas esbozadas en su tratamiento. El gran retratista de personajes monumentales y solemnes deja paso en esta parábola al pintor de la intimidad, de figuras anónimas exaltadas o eclipsadas por la luz. Rembrandt sustituye el detallismo propio de los primitivos flamencos, que determinaba la riqueza de vestimentas y joyas en sus retratos, por una técnica más próxima a la prioridad de luz y color en la definición de las formas, afín a los venecianos que tanto admiraba.

El hecho de que apenas se individualicen los rasgos de los rostros no implica, sin embargo, ausencia de expresividad, pues el pintor ilumina el diálogo entre los personajes principales. Los gestos sintetizan la conversación entre el capataz, que lleva su mano derecha al pecho en señal de lealtad, mientras que con su izquierda realiza el pago del salario, y los jornaleros de la primera hora, quienes se inclinan ligeramente ante él y extienden sus manos para recibir el pago: Cuando llegó la noche, el señor de la viña le dijo a su capataz: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros a los primeros (Mt 20,8).

La disposición del encargado de la viña, sentado ante la mesa, y la mayor suntuosidad de sus vestimentas frente a los atuendos casi harapientos de los asalariados nos permiten diferenciar a los protagonistas de la parábola. Ante la ventana, una mujer apunta los pagos en el libro de cuentas, y en su perfil Rembrandt plasma sutilmente su asombro ante la igualdad entre quienes acudieron a trabajar a primera hora y quienes lo hicieron en último lugar.

Uno de los labradores se destoca en señal de reconocimiento ante el señor de la viña, a la vez que con su dedo apunta a los trabajadores que acudieron a la viña a última hora y cuentan el dinero ya en el umbral de la casa, apenas sugerido por una arquería. Estos asoman entre la penumbra, en la parte derecha de la composición, con gestos que escenifican su extrañeza ante el jornal recibido a pesar de haber trabajado menos tiempo. La técnica abocetada no resta expresividad al conjunto, al que se suman signos de cotidianidad, como el perro recostado ante el grupo de jornaleros de quienes parece escuchamos los murmullos.

Rembrandt escoge el instante final de la parábola para su representación, evidenciando su pericia técnica en el tratamiento de las veladuras y su capacidad para captar la intensidad emocional de los personajes, a pesar de quedar prácticamente fundidos con el fondo por el empleo de una paleta cromática uniforme de tonos terrosos y de una luz que diluye sus contornos. Aun así se nos permite apreciar la magnanimidad del señor y el asombro de quienes le rodean ante las palabras finales: Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos (Mt 20,16).

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte,
Universidad CEU San Pablo, Madrid

 Rembrandt Hamenszoon van Rijn (1606-1669) - The Hermitage, San Petersburgo

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