El artículo del mes

Tiempo de holganza y descanso por Jesús Sanz Montes, ofm

Para descansar siempre hay una premisa: habernos cansado antes. Solo así tienen sentido unos días que pongan sosiego a las agitaciones y paz en las zozobras, mientras el sudor de nuestra frente halla resuello en la holganza. Los meses de verano nos invitan a lo propio de unos días de descanso. Hemos acuñado ese verbo castizo: veranear. Un curso queda ya atrás con toda su factura de trabajo, de alegría y sinsabores. Es justo y es necesario también poder descansar algo y restaurar fuerzas.

Sin embargo, hay personas que quizás están cansa­das de esperar un trabajo que no llega, o en el caso de los jóvenes de esperar incluso el primer trabajo que aún no se ha podido estrenar. Por eso, me ha impresionado lo que con frecuencia se me dice desde Cáritas: segui­mos turnándonos en la atención a los pobres, porque su situación no admite paréntesis ni pausas. No digo esto para ensombrecer con una injusta mala conciencia los días de descanso de quienes puedan tenerlos, sino para reconocer que son un regalo del que algunos hermanos nuestros no pueden gozar. Que este dato nos haga agra­decidos sin olvidar la solidaridad. Como he hecho en años anteriores, me permito recordar algunos criterios que nos ayudan a gozar cristianamente de estos días de descanso, que no pueden reducirse a una simple interrupción de la actividad laboral.

1. En primer lugar, no «despedir» al Señor en vacacio­nes. Él siempre está, nos acompaña, forma parte de nuestra vida. Para un cristiano, las vacaciones no son concebibles si Dios no entra también en ellas. Más aún, podría y debe­ría formar parte de estos días de descanso. No son pocas las personas que dedican tiempo para disfrutar también de Dios sin el agobio y la prisa que nos impone a veces el ritmo habitual de nuestra vida. Podemos dedicar algún espacio más a la oración, saludar al Señor en las iglesias que visitamos, tomarse un tiempo mayor para leer la santa Biblia o algún libro que nos ayude en nuestra maduración cristiana y nuestra formación eclesial.

2. La belleza nos descansa el alma y el cuerpo. Hace unos días, presentando una audición musical, hablaba de cómo hay cantos cargados de una nostalgia que expresa una espera, indicando en su misma belleza la exigencia de plenitud que todos llevamos en el corazón. La música, el arte noble de nuestras iglesias y monumentos, nuestra pintura, la buena literatura y el encanto del paisaje natu­ral son citas con esa belleza. El camino hacia el Destino hacia el cual hemos sido llamados cada uno de nosotros se expresa en estos cauces de belleza, cuyo contenido corresponde con el embeleso que provoca el estupor ante algo hermoso, simple, ante algo que te arrastra a esa nostalgia por la armonía que coincide con la promesa del mismo Dios.

3. Gozar de la familia y los amigos. Son demasiados los momentos en los que la prisa del mundo moderno nos roba tiempos y espacios para estar con los que ama­mos. Terminamos siendo convivientes anónimos que ape­nas se relacionan en profundidad compartiendo la alegría de vivir, las dificultades del penar, la esperanza del creer y del amar. Unos días de vacaciones deben ayudarnos también a este reencuentro con los más aledaños, cuya proximidad habitual no siempre se traduce en cercanía afectiva y efectiva.

Nos reencontraremos a la vuelta del verano para pro­

seguir la marcha cada cual en su tarea y en su lugar, más descansados, más enriquecidos, porque Dios, la belleza y cuantos queremos, nos han ayudado a veranear.

Santas y felices vacaciones. 

 

Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo