El artículo del mes

Juan Manuel de Prada

Literatura para nuestra fe por Juan Manuel de Prada

Europa y la fe (1)

Una mente arquitectónica

A Hilaire Belloc (1870-1953) siempre se le cita al lado de Chesterton (y está bien que así sea, pues fueron grandes amigos y colaboradores), pero a modo de apéndice o excrecencia. Se trata de una injusticia flagrante que, sin embargo, Belloc ya intuyó en vida; pues, allá donde Chesterton emplea un estilo bienhumorado y paradójico que rehúye la confrontación áspera con el adversario, Belloc recurre a un estilo mucho más acerado y expeditivo, que no se recata de golpear al rival hasta hacerlo trizas. Allá donde Chesterton acaricia y, en todo caso, se permite alguna caritativa eutrapelia, Belloc lanza su zarpazo sin contemplaciones, acompañándolo además de sarcasmos feroces. La posteridad ha sido más benigna con Chesterton, que incluso es aplaudido en ambientes impíos (si bien es cierto que lo aplauden sin entenderlo, tan solo porque les parece un escritor sofisticado); mientras que Belloc languidece en el olvido, siendo un escritor más accesible que su amigo, y con frecuencia un polemista más eficaz y contundente (tal vez porque su estilo es más llano y dialéctico).
Además, Belloc tiene una virtud de la que Chesterton carecía, que es lo que santo Tomás (refiriéndose a Aristóteles) llamaba una «mente arquitectónica», capaz de contemplar panorámicamente las más abstrusas y complejas realidades, con visión de águila que, a la vez que abarca el conjunto, contempla el detalle; y esta «mente arquitectónica» permitía a Belloc enfrentarse a cuestiones aparentemente multiformes con una penetración y una capacidad de síntesis apabullantes, y con una clarividencia que le permitía, al enjuiciar el pasado, alumbrar el presente e incluso el futuro. Así ocurre en la obra que ahora nos disponemos a comentar, Europa y la fe, que junto con Las grandes herejías y La crisis de la civilización puede agruparse en una trilogía, tal vez la más cuajada de cuantas completó el autor.

El mito de las invasiones bárbaras para explicar Europa

Todos los ensayos de Belloc parten de una tesis que el autor a continuación expone, haciendo uso de unos conocimientos enciclopédicos con los que, sin embargo, no abruma al lector. En Europa y la fe Belloc se propone demostrarnos que la civilización europea no es otra cosa sino una institución política creada por Roma a la que dio entidad y sustancia espirituales la Iglesia católica desde el momento en que se convirtió en religión oficial del Imperio. Tales fueron esa entidad y sustancia –prosigue Belloc– que, cuando el Imperio romano alcanzó la decrepitud, en lugar de disolverse (como ocurrió con Asiria o Egipto), o caer en una fija y estéril monotonía (como ocurre con el Islam), resucitó para vivir una segunda primavera, después de una Edad Oscura que iba a durar cinco siglos. «Pero en este largo período –escribe Chesterton– se reservó lo suficiente de la producción de las letras y las artes como para construir un puente sobre el golfo entre el siglo V y el XI y permitir el reflorecimiento de esa mente después del letargo. Y el intermediario que llevó a cabo la conservación de las simientes fue la Iglesia católica».
Comienza Belloc analizando el gran duelo que se produjo en el seno del Imperio Romano entre el paganismo y la Iglesia católica: primeramente, la tenaz resistencia de la Iglesia en un ambiente adverso, después su conversión en religión oficial y al fin en «el principio político cohesivo». Todos los historiadores anticatólicos (y los católicos zombis) pretenden explicar la caída de Roma y la fantasiosa «invasión de los bárbaros» como una suerte de violento injerto de sangre teutónica en el exhausto tronco latino, que el cristianismo habría conducido a su decrepitud. Belloc desmonta este mito grotesco, recordándonos que nunca hubo «invasiones», pues los bárbaros que no habían sido romanizados no eran sino bandas dedicadas al pillaje, que a lo sumo podían lanzar ataques locales, pero en modo alguno pasearse por las vastas extensiones del Imperio; y que los llamados «bárbaros» en la mitología oficial no eran sino tropas auxiliares del ejército romano, cristianizadas y autóctonas de las distintas provincias del Imperio. Ocurrió, simplemente, que la decadencia de Roma redujo hasta la irrelevancia la capacidad administrativa de la monarquía central, que poco a poco fue siendo asumida por los caudillos del ejército, hasta que finalmente la autoridad, aunque romana en todos los detalles de su forma, dejó poco a poco de ser ejercida desde Roma o Constantinopla y cayó imperceptiblemente en manos de gobiernos locales, encabezados por militares plenamente cristianos. No hubo invasiones, no hubo bárbaros, no desapareció la civilización fundada sobre la simbiosis de Roma y la Iglesia, no hubo nuevas instituciones ni ideas procedentes del ámbito germánico; tan solo un largo período de letargo que siguió a un largo período de desarrollo y esplendor, como siempre ocurre en la Historia humana, en la que tras la tensión viene el reposo. Belloc pone mucho énfasis en la demolición del mito de las «invasiones bárbaras», porque ha sido (y sigue siendo) el instrumento utilizado por
los bárbaros para afirmar delirantemente que Europa es el producto de sus aportaciones pujantes.

La Iglesia católica, fuerza de cohesión en los inicios de Europa 

No hubo tal cosa, sino la natural desmembración del Imperio Romano; pero, en medio de este proceso, subsistió homogénea la organización de la Iglesia, que mantuvo incólume el principio de autoridad. De ahí que la jerarquía eclesiástica, con su sentido de la disciplina, fuese la institución civil principal y la fuerza social de unificación más importante de la época. Y, simultáneamente, nació la institución monástica, que vivió separada del mundo y preservó el grandioso legado grecolatino, que impulsó la agricultura y fundó una economía netamente católica. Así hasta que, en el siglo XI, se produce el renacer de Europa, que a través de figuras como san Gregorio VII y de acontecimientos como las Cruzadas alcanza su Edad de Oro, produciendo –escribe Belloc– «una civilización que fue indudablemente la más elevada y la mejor que nuestra raza haya conocido». Es la edad de la Reconquista, la edad de las catedrales góticas, la edad de las codificaciones, la edad del Giotto y del Dante (que, misteriosamente, los historiadores trileros pintan siempre como hombres del Renacimiento); es la época en que la propiedad de la tierra se divide entre muchos y florecen los gremios; es la edad en la que las armas se ponen al servicio de la fe; es la edad de las grandes órdenes religiosas, la edad de san Francisco y de santo Domingo; es, en fin, la edad en que vuelven a debatirse activamente las grandes cuestiones teológicas y filosóficas, la edad que produce a santo Tomás de Aquino, «el más fuerte y viril de los intelectuales que la sangre europea haya dado al mundo».
Y aquella edad gloriosa duró casi cuatro siglos; pero nuevamente a una época de esplendor siguió un desfondamiento que Belloc nos describe con palabras vigorosas (tan vigorosas que uno diría que está describiendo nuestra época):
«Se toleraban nuevos actos de crueldad; triunfaban las intrigas; la vacuidad se hizo notar en la frase filosófica y en la sofística del argumento. El papado se tornó profesión y perdió su libertad; los parlamentos tendieron a la oligarquía; las ideas populares se fueron borrando de la mente de los gobernantes; las órdenes monásticas nuevas, contaminadas por la riqueza, comenzaron a fluctuar».

La Reforma de Lutero: calamidad para Europa 

De este cuerpo enfermo brotó la mayor calamidad de la historia europea (que ahora charlatanes encumbrados nos presentan como una bendición), la llamada Reforma de Lutero, que cortó en dos el cuerpo unido de la civilización europea, matando para siempre a una de las partes escindidas (la parte bárbara) e hiriendo de muerte a la que sobrevivió (la parte latina). Belloc presenta la Reforma como una rebelión contra el dogma disfrazado de purificación de las costumbres; pero, sobre todo, señala las fuerzas protervas que, ocultas tras el manto de la Reforma, se afanaron en conquistar la hegemonía que el orden católico les vedaba. Y tales fuerzas, naturalmente, fueron las plutocráticas, que deseaban gobiernos rehenes del Dinero, así como pueblos entregados a una «anarquía moral» que, a la vez que disolviese sus reservas espirituales, permitiera una «dominación cada vez mayor sobre el cuerpo de los hombres». La Reforma trajo la abominación del industrialismo, la concentración de tierra y de capital en unas pocas manos, las guerras sucesivas a una escala cada vez mayor en las que los pobres eran utilizados como carnaza… y todo ello a cambio de concederles «derechos» fantasmagóricos que, con frecuencia, solo eran licencias de bragueta. En su execración de la Reforma, la prosa de Belloc alcanza sus cúspides más expresivas y restallantes:
«Lo que llamamos la Reforma fue en esencia la reacción de los lugares bárbaros, mal instruidos y aislados, extraños a la antigua y profundamente arraigada civilización romana, contra las influencias de esta última. (…) Consiste simplemente en el retroceso de la corriente de la cultura romana, que durante setecientos años había avanzado y dominado de manera progresiva a los ignorantes por medio de los sabios, a los lentos por medio de los rápidos, a los de mente confusa por los de mente despejada. Era una especie de protesta de los conquistados contra cierta superioridad moral e intelectual que los ofendía».
«Los iconoclastas de la codicia –añade en otro lugar– se unieron a los iconoclastas de la ceguera y la furia y a los iconoclastas del engreimiento académico», y juntos lograron «la dominación de unos pocos en una competencia desenfrenada, la sujeción de los muchos, la ruina de la felicidad y la amenaza final del caos».

El aislamiento del alma

La aparición del capitalismo, el avance de las ciencias físicas en detrimento de la filosofía, la corrupción del principio de autoridad, la expansión del escepticismo y, en fin, la proliferación del terror fueron los frutos granados de la mefítica Reforma. Y todos ellos contribuyeron al mayor mal de todos, que a juicio de Belloc es el aislamiento del alma, «una pérdida del sustento colectivo, del sano equilibrio producido por la existencia común, por la certidumbre pública y la voluntad general». Un aislamiento del alma que, en el orden social, provoca incesantes energías destructivas, a veces saldadas mediante guerras, a veces mediante revoluciones, creadoras siempre de descontento social. Un aislamiento del alma que erige, sobre las ruinas de los lazos colectivos que garantizaba
la fe, sucesivos ídolos políticos (llámense Estado o nación) que ya nada tienen que ver con el auténtico amor a la patria. Un aislamiento del alma, en fin, que en el orden filosófico da lugar a extravagancias en apariencia antípodas, pero íntimamente fraternas: primero, la extravagancia de creer que la razón humana es suficiente para dar fundamento a toda la vida del hombre; luego, la extravagancia opuesta, según la cual la razón humana no tiene autoridad ni aun en su propia esfera. Todos estos monstruos de la razón (idealismos, racionalismos, materialismos, nihilismos varios) que, a la postre, conducen al hombre a un vacío atroz, tienen su origen y explicación en la Reforma, cuyo espíritu se resume «en una negación y desafío universales lanzados contra toda institución y todo postulado».
Belloc concluye advirtiendo que este aislamiento del alma terminará empujando a los europeos a la superstición y a la inanidad, a menos que vuelvan a abrazar la idea que da sustento a Europa, la fe católica y romana que constituye su única sustancia, frente a la amenaza incesante de los bárbaros. En este año en que vamos a escuchar muchas paparruchas buenistas (incluso en boca de quienes más obligación tienen de alumbrarnos) sobre el infausto Lutero y su obra demoledora conviene leer (¡y releer!) Europa y la fe, de Hilaire Belloc. 


(1) Hilaire Belloc, Europa y la fe (El Buey Mudo, Madrid 2010).

Juan Manuel de Prada

(El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro – Espasa Calpe.)

www.juanmanueldeprada.com/