El artículo del mes

Vivir de la palabra de Dios por Manuel Iglesias González , SJ

Stat Crux dum volvitur orbis

Cruz inconmovible

El lema cartujano («La cruz está firme aunque el mundo da vueltas») me viene automáticamente a la memoria, Señor, mientras medito a la sombra (es un decir, porque ahora llueve torrencialmente) de esa inmensa cruz pétrea que clava en los peñascos sus raíces de cemento. Stat crux! Ahí sigue firme, abriendo sus brazos enormes a esta tierra de héroes, de mártires y de villanos. Recuerdo que la raíz de la palabra griega staurós (cruz) es la misma del verbo latino stare, el verbo que usa el lema cartujano. La raíz sta- viene a ser para nosotros estar en pie, estar firme o vertical; vale lo mismo para un centinela que para una torre o para un ciprés altísimo clavado en tierra. (Ya me he distraído. Ayúdame, Jesús, a volver al redil). Había empezado a meditar en esta fiesta de tu Santa Cruz, y lo que quería que me dijeras es por qué tu cruz sigue en pie e inconmovible, como árbol de vida y estandarte de victoria. La quitan, la arrancan, la destruyen, como si molestara tanta firmeza en un país donde medran los volubles e incoherentes… y vuelve a aparecer enhiesta, en todas partes

Cruz elevada al cielo

Se olvidan de lo que leemos hoy en tu evangelio: «Tiene que ser elevado el Hijo del hombre» (Jn 3,14). Mientras exista un ser humano que ignore que tú lo has redimido en la cruz, tienes que seguir, es necesario que sigas elevado en alto. Es preciso que tu cruz siga en pie, para que los mordidos de serpientes sanen al mirarla (cf. Núm 21,8).

En otra ocasión prometiste: «Cuando yo sea elevado en alto atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32); y mañana nos dirá la liturgia que tu Madre, la criatura mejor atraída por ti hacia lo alto, stabat iuxta crucem, estaba en pie, firme, junto a tu cruz (Jn 19,25). Mientras siga tu cruz ahí arriba, al menos conseguirás hacernos mirar hacia lo alto, a ese signo de gracia restituida en el que tú reconcilias contigo el universo (cf. Col 1,20).

Cruz, fuerza de Dios

Para el mundo, que se ríe de todo esto, la cruz es necedad, es de locos, por no decir algo peor. Pienso, Señor, que algo de razón tiene: porque la cruz, cuando no se toma como elemento decorativo, sino la cruz-cruz, la que no es mero adorno, era un suplicio humillante y doloroso; tú sabías que era la muerte más cruel, propia de esclavos y salteadores. Tu cruz, Jesús, sigue teniendo nombre de oprobio, de ignominia (cf. Heb 13,13). ¿Cómo se te ocurrió redimirnos así?

Pero el hecho es que tu cruz sigue firme… dum volvitur orbis. Gira el universo. Cambian las modas. Como castillos de arena en la playa se derrumban las nuevas torres de Babel que edifican los hombres. Tu cruz «en cambio, para nosotros, es la fuerza de Dios» (1 Cor 1,18). Sí, porque «¡la locura de Dios es más sabia que los hombres! » (1 Cor 1,25).

Por eso, «a mí, que no se me ocurra poner mi orgullo si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14).

¡Y a mucha honra! Con la señal de la cruz fui sellado a la puerta de la iglesia antes de llegar a la pila bautismal, y a la sombra (ahora sí) de tu bendita cruz quisiera descansar en la sala de espera de la resurrección. Con esto, ¿me dejas canturrear lo que «decorábamos» de pequeños en el Catecismo? Empezaba así:

 Todo fiel cristiano

está muy obligado

a tener devoción

de todo corazón

a la santa cruz

de Cristo, nuestra luz…