El artículo del mes

Juan Manuel de Prada

Literatura para nuestra fe por Juan Manuel de Prada

Historia de Cristo *

Converso penetrante e impetuoso

Escritor injustamente olvidado, Giovanni Papini (1881-1956) llegó a disfrutar de gran popularidad en vida, tanto en su juventud atea y polemista como en su madurez católica y apologética. El escritor que, en 1912, se definía en el prólogo de su obra La vida de nadie como «cínico», «ateo de cien teologías» y «animal no religioso por excelencia» sorprendía a sus lectores en 1921 con esta Historia de Cristo, en la que prueba a hacer una paráfrasis de los evangelios, servida en una prosa impetuosa, llena de un ardiente entusiasmo, llena también de una fervorosa penetración y –por qué no decirlo– de alguna extravagancia que, lejos de restarle mérito, le añade valor y autenticidad.

Perteneciente a una generación intermedia entre la de Gabriele D’Annunzio y la de Dino Buzzati, Papini guarda en su prosa el rescoldo preciosista del modernismo y el fuego iconoclasta de las vanguardias; y de esta mixtura nace su peculiar estilo, que es a un tiempo retumbante y desgarrado, como se prueba en la oración final de la obra que ahora nos disponemos a comentar, en la que se dirige sin remilgos a Cristo, suplicándole que devuelva la paz al mundo destruido por la Gran Guerra.

Sin duda alguna, la hecatombe causada por aquel conflicto bélico fue determinante en la conversión de Papini, que aunque había sido bautizado por su madre en secreto (su padre era un furibundo anticlerical), no había llegado ni siquiera a tomar la primera comunión. La publicación de la Historia de Cristo causó pasmo y consternación entre sus amigos ateos y júbilo entre sus detractores, que no se explicaban cómo un hombre que había fustigado con tanto encono la religión católica había sido capaz de escribir un libro tan apasionadamente católico, tanto que en cierta medida podría considerarse una refutación del blasfemo La vida de Jesús, de Renan (a quien, sin embargo, Papini ni siquiera menciona).

En el prólogo de Historia de Cristo, Papini nos advierte que los destinatarios mejores de su obra son «los que están fuera de la casa de Cristo»; también los que no soportan las «ternezas pietistas» y la «prosa blanda, deshilachada, toda remiendos y zurcidos de lugares harto comunes» propia de cierta literatura pretendidamente devota, atufada por «un humo de cirio apagado, un vaho de incienso enmohecido y de aceite malo que ahoga el aliento».

No crea el lector, sin embargo, que se halla ante una obra que condescienda con las delicuescencias modernistas propias de la época: Papini desea mostrar –como él mismo afirma– al Cristo de los evangelios y de la Tradición apostólica, al Cristo de la Iglesia. Es verdad que en algunos pasajes Papini desliza alguna discutible intemperancia (así, por ejemplo, sus feroces semblanzas del tibio Nicodemo y de José de Arimatea); pero cuando esto ocurre (y ocurre muy raramente) no es sino el fruto granado (e incendiario) de su entusiasmo de converso, que a veces lo empuja al arrebato.

Pintor de semblanzas

Giovanni Papini es un escritor de imaginación vívida y estilo colorista; por eso las mejores páginas del libro son las que dedica a recrear paisajes (la estampa que nos propone de Cafarnaún, por ejemplo, es antológica) o a pintar semblanzas (y, cuando evoca las figuras de la Pasión, su pluma alcanza cúspides de magisterio difícilmente imitables). Pero también en la reflexión teológica y filosófica Historia de Cristo nos procura capítulos sobresalientes, como el titulado «Antes del amor», en el que Papini demuestra con una retórica ardiente y extraordinariamente persuasiva que el mandato del amor al enemigo que Jesús lanza en su Sermón de la Montaña no admite antecedente alguno en ninguna de las tradiciones morales anteriores al cristianismo.

También en su estudio «psicológico» de Jesús (o, dicho más propiamente, en el estudio de su doble naturaleza y su unidad hipostática) el libro está sembrado de iluminaciones llenas de perspicacia: así, por ejemplo, cuando señala la resistencia de Jesús a obrar milagros (que solo accede finalmente a obrar ante la insistencia de quienes se los piden, y nunca en beneficio propio); así, cuando nos advierte que Jesús no gustaba de la penitencia por la penitencia, y que no rechazaba los placeres menudos de la vida (la comida en la mesa cordial, la unción devota de pies y cabellos), aunque desde luego no le importaba dormir con la cabeza sobre una piedra, cuando era necesario; y, sobre todo, cuando trata de explicar el terror angustioso que Jesús sufre en Getsemaní, que no se lo produce la inminencia de la muerte (como vulgarmente se piensa), sino

     «la suerte que iban a correr sus hijos más lejanos en el tiempo, los extravíos de muchos cristianos, las divisiones que surgirían entre ellos, las deserciones, los tormentos, los estragos; y, llegada la hora del triunfo, la debilidad de algunos con mando, los cismas funestos, las desmembraciones de la Iglesia, los delirios de la locura herética, la propagación de las sectas, las confusiones introducidas por los falsos profetas, las innovaciones de los reformistas rebeldes, las locuras perniciosas de los amontonadores de abismos, las simonías y disolución de algunos que le niegan
con sus obras mientras le glorifican con gestos y palabras, las persecuciones de cristianos contra cristianos, el abandono de los tibios y de los orgullosos, el dominio de nuevos fariseos que torcerán y traicionarán su enseñanza, la incomprensión de sus palabras cuando caigan en manos de los cavilosos, de los sutilizadores, de los visionarios, de los contadores de sílabas…».

El amor a los suyos, causa de la tristeza de Cristo

La angustia de Jesús no la produce, a juicio de Papini, la inminencia de la muerte. El cáliz que no quiere beber no es el de su sacrifico, sino el de las tribulaciones y calamidades que acechan a sus seguidores. Su tristeza no la causa el miedo, sino el amor hacia los suyos. De vez en cuando, Papini no se recata de deslizar alguna acerada ironía; cuando se dispone a glosar las flaquezas de los Doce escribe con sorna: «La suerte, no sabiendo de qué otro modo hacer pagar a los grandes su grandeza, los castiga con discípulos». Su execración de los fariseos es tan sincera y virulenta como la que Cristo incluyó en su predicación:

     «Los ladrones roban los bienes deleznables, los asesinos matan el cuerpo perecedero. Pero estos hipócritas ensucian las palabras de lo absoluto, roban las promesas de eternidad, asesinan las almas. […] Han aceptado la herencia de Caín. Son los degolladores de sus hermanos, los verdugos de los santos, los crucificadores de los profetas».

Fustigador de la mediocridad

A veces su pluma se enardece en el vituperio de la tibieza y la mediocridad, como cuando glosa la incredulidad de santo Tomás:

     «Todos los pisacortos del espíritu, todos los pirronistas de tres al cuarto, todos los chupatintas de las cátedras y de las academias, los tibios cretinos atiborrados de prejuicios, los medrosos, los sofistas, los cínicos, los piojosos de la ciencia y los barrenderos de los científicos; todos los gusanos de luz celosos del sol, todos los gansos que no admiten el vuelo de las águilas, han elegido como protector y presidente a Tomás».

Con igual saña arremete contra los mórbidos y decadentes, los «cinceladores de preciosidades lascivas» que han buscado en el evangelio a las mujeres pecadoras para insinuar que Jesús es benévolo con el pecado; y reserva su más vitriólica y despiadada diatriba a quienes niegan (a veces disfrazados de taimadas baboserías teologales) la resurrección de Cristo:

    «Los pusilánimes, que no quieren creer en su primera vida, ni en su segunda vida, en su vida inmortal, se apartan de la vida verdadera: de la vida que es adhesión generosa, amor confiado, esperanza de lo invisible, certidumbre de las cosas que no están patentes. Los que arrastran el peso de sus cadáveres, todavía calientes y respirantes, sobre la tierra, se ríen de la resurrección. A estos muertos, mientras persistan en rechazar la Vida, les será vedado el segundo nacimiento, el nacimiento en el espíritu; pero no les será negada, el último día, una irrefutable y espantosa resurrección».

Historia de la pasión: fuerza abrasadora de amor a Cristo

 Pero no solo en la filípica y el denuesto Papini se muestra soberbio escritor; también en la semblanza de personajes, como señalábamos más arriba, y muy especialmente en los personajes más turbios que atraviesan las escenas de la pasión de Cristo: Pilatos, Herodes Antipas, Anás y Caifás son diseccionados por la pluma de nuestro autor con una demoledora y lucidísima perspicacia que les encuentra siempre paralelismos entre los bellacos que hoy siguen crucificando a Cristo. En alguna rara ocasión, Papini desborda la paráfrasis evangélica para repescar algún episodio tomado de los evangelios apócrifos; así ocurre en el estremecedor capítulo que dedica al judío errante, quizá el más insoportable para la corrección política contemporánea.

Al lector acostumbrado a las ternezas pietistas tal vez Historia de Cristo se le antoje un libro desmesurado, radical e incendiario; pero al lector auténticamente católico le parecerá un libro inundado y desbordante de amor. Y el amor –como nos explica el propio Papini– es como el fuego que, si no se comunica, se apaga. Papini, con su Historia de Cristo, logra abrasarnos de gozo; y, como el propio autor nos solicita en algún pasaje de su libro, nuestra obligación es abrasar también a quien se nos acerque, para no convertirnos «en piedra ahumada, pero fría». No dejen enfriar el gozo y acudan a las páginas de este libro, que al principio tal vez los desconcertará un poco con su retórica florida y sus temerarios excesos; pero que acabará encandilándolos con la fuerza abrasadora de su amor a Cristo. 

 

El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro –Espasa Calpe.

www.juanmanueldeprada.com/

 

* Giovanni Papini, Historia de Cristo (Edibesa, Madrid 2003)