El artículo del mes

Los cuentos de Flannery O’Connor* por Juan Manuel de Prada

Literatura para nuestra fe (21)

           

La misión del escritor católico

 Con frecuencia se confunde la misión del escritor católico con la del apologeta o –lo que aún resulta más deplorable– con la del escritor piadoso y almibarado que sustrae al lector los aspectos más escabrosos de la realidad. Esta visión paralítica y un tanto delatora de una religiosidad de mesa camilla quizá explique la decadencia intelectual que se ha extendido en las últimas décadas entre las filas católicas.

 Flannery O’Connor (1925-1964), la gran escritora americana, siempre se mostró preocupada por esta cuestión, sobre la que nos dejó muy atinadas reflexiones: «El novelista con inquietudes cristianas encontrará en la vida moderna deformaciones que le resultarán repugnantes, y su tarea consistirá en que esas deformaciones se muestren como tales ante un público que está habituado a contemplarlas como algo natural».

 Así, en efecto, actúa O’Connor: reconociendo el Mal que con frecuencia anida en el corazón de los hombres y mostrándolo al lector sin tapujos, descarnadamente, con una naturalidad no exenta de ribetes cómicos, incluso caricaturescos, que algunos lectores apresurados han confundido con una propensión al tremendismo. Y, señalando el Mal, O’Connor puede luego mostrar en sus páginas la acción de la gracia, que se pasea constantemente entre los hombres, aunque los hombres no siempre la reconozcan.

Una escritora católica incómoda

 Tal vez sea Flannery O’Connor, junto con Carson McCullers y Harper Lee, la escritora que más ha contribuido a fijar la imagen de esa América rural, primitiva y «profunda» que tanto juego ha brindado en el imaginario contemporáneo; y, desde luego, su influencia en escritores de las generaciones posteriores es más que notoria. Sin embargo, no goza en nuestra época de excesivos lectores, tal vez porque –como señalase José Jiménez Lozano– «cuenta historias y, por lo tanto, no es moderna; y, además, es católica, y se permitió declarar que era desde su fe desde donde narraba, y eso, en el mundo intelectual es como llevar una estrella amarilla. (…) Flannery O’Connor no tiene las condiciones para una recepción como best seller, ni tampoco como literatura de pasatiempo, y mucho menos como pienso ideológico».

 O’Connor no es, en efecto, una escritora que emplee un molde ideológico para interpretar la realidad. Y puesto que la ideología de nuestra época estipula que la narración no es posible, que ya nada ocurre como «acontecimiento», sino como mera sucesión de hechos sin significado, Flannery O’Connor resulta una escritora extraordinariamente incómoda, pues cree en la realidad y en la posibilidad de contarla. Más aún, cree en la realidad como acontecimiento misterioso, dotado de un significado que el hombre puede llegar a desentrañar, siquiera parcialmente, en esta vida.

 «Los cuentos»: la intervención divina en la trágica historia humana

 La propia O’Connor escribió en alguna ocasión que sus cuentos versaban «sobre la acción de la gracia en un personaje que no está dispuesto a aceptarla». Por ignorancia o inconsciencia a veces, por arrogancia o complacencia en el Mal con cierta frecuencia.

 Los cuentos de Flannery O’Connor pueden herir susceptibilidades (me atrevería incluso a afirmar que fueron escritos para herir susceptibilidades). Tanto las de lectores descreídos como las de lectores beatos poco acostumbrados al lenguaje paradójico, que podrían confundir la ironía de la autora con un regodeo en la perversidad. Como el protagonista de su relato Un escalofrío interminable, el lector de O’Connor llega a sentir la caricia de la gracia y comprende que «durante el resto de sus días viviría frágil, atormentado, enfrentado perpetuamente a un terror purificador».

 Pero es que la misión de la verdadera literatura no consiste en restañar heridas, sino en abrirlas y escarbar en ellas. Los personajes de Flannery O’Connor son sin saberlo templos de una lucha agónica: la que libra la gracia en un mundo que parece haberle dado la espalda, anegado por el nihilismo. Poseídos a veces por la violencia, merodeados por los más torpes instintos, manchados por la desesperación, esconden, sin embargo, en las cámaras más recónditas de su ser una llama que aguarda ser liberada. En esa llama se concentra su destino sobrenatural. Sobre el deseo de liberar esa llama, sobre la intervención divina en la trágica historia humana, tratan sus cuentos. Asomarse a ellos con los ojos de quien descubre en la realidad un significado misterioso constituye una alta experiencia estética y moral.

 Flannery O’Connor solo publicó en vida un volumen de cuentos, Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955), al que luego se añadiría póstumamente Todo lo que asciende tiene que converger (1964). Y dejaría todavía algunos desperdigados en revistas de la época. Son, casi todos ellos, piezas magistrales, en las que asistimos a esa lucha agónica entre la voluntad humana y la gracia divina. Sus criaturas son casi siempre seres portadores de un nido de áspides que se revuelve furioso, cuando siente la caricia de una posible redención. Algunas llegan a vislumbrar, entre las llamas de delirio y perversidad en que se calcinan, esa acción benéfica providencial; otras le dan la espalda, sucumbiendo a la desesperación como ángeles caídos que sienten una nostalgia primigenia del Bien, pero acaban rechazando la mano salvífica que se les tiende. O sea, como la vida misma.

 «Los cuentos»: alegorías de la historia humana

 Con frecuencia, los cuentos de Flannery O’Connor adoptan un humor grotesco. Las pasiones más atormentadas se funden en chirriante amalgama, como llamas que devoran a los hombres con su beso calcinado. La locura, el crimen, la brutalidad más desatada parecen haber tomado posesión del hombre; pero entre los resquicios de ese magma de egoísmo y perversión, se cuela una luz que permite a sus personajes vislumbrar la promesa de la liberación. Muchos no aciertan a atrapar ese vislumbre, pero siquiera en el instante en que alcanzan a adivinarlo, sienten que una inexplicable paz se derrama sobre ellos. Por los cuentos de Flannery O’Connor, ambientados invariablemente en el sur de los Estados Unidos, y muy en concreto en su Georgia natal, deambulan criaturas taradas –asesinos desquiciados, falsos profetas, ancianos delirantes, niños malvados–, corroídas por una culpa primitiva, que se enviscan y atormentan entre sí, que se aman con tortuosidad y se devoran con piadoso ensañamiento, errando en pos de esa Gracia que un día avistaron.

 Flannery O’Connor, descendiente de colonos irlandeses instalados en el Sur protestante, halló en su hábitat biográfico el territorio idóneo para exponer sus preocupaciones morales: ese universo azotado por las supersticiones, estragado por las divisiones de clase y de raza, corrompido por los pecados más aberrantes y atroces, se convierte en escenario de los inescrutables designios divinos.

 Como Eudora Welty o Carson McCullers, Flannery O’Connor ha colaborado en la configuración del «gótico sureño» que, en sí mismo, se ha convertido en un género de la literatura americana; pero en su invocación de ese sustrato bárbaro, regido por la violencia, se revela una intención más ambiciosa que la mera recreación de un mundo acaso ya extinto, o solo superviviente a través de ciertos rasgos atávicos. Sus relatos, a la postre, constituyen alegorías de la historia humana, presididas por el misterio de la intervención divina, que el hombre puede abrazar o rechazar.

 Los cuentos de Flannery O’Connor conforman un corpus magistral, una de las cimas de la literatura del siglo XX, no solo por sus bondades literarias –ambientaciones vívidas, personajes trazados con palpitante acierto a través de un estilo que sabe a un tiempo ser meticuloso y sucinto, desenlaces que nos golpean con la ferocidad de una puñalada–, sino también por su capacidad para penetrar en las entrañas mismas del alma humana, allá donde se dirime su destino sobrenatural.

 Muchos lectores se han aproximado con recelo a las narraciones de Flanery O’Connor, también algunos lectores católicos, por considerarlas en exceso perturbadoras o pesimistas. Creo, por el contrario, que en su carácter perturbador reside la prueba definitiva de su grandeza y de su vigencia. Flannery O’Connor era, en efecto, una escritora tocada por la Gracia.  

 

* Flannery O’Connor, Cuentos completos (Debolsillo, Barcelona 2006), 848 págs.

 El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro, Espasa Calpe.