La carta apostólica Novo millennio ineunte subraya mucho la importancia de la Eucaristía dominical (n. 36). Leámoslo juntos:
“Quisiera insistir, en la línea de la exhortación Dies Domini, para que la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente.”
La Eucaristía dominical, centro de la vida cristiana
El Papa subraya aquí la afirmación de principio: la Eucaristía, centro del domingo. Y también la relación con cada bautizado: un deber irrenunciable, necesario para la verdad de la vida cristiana. Estamos a un nivel diferente de lo que pueden ser las recomendaciones, incluso intensas.
“Estamos entrando en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de culturas y religiones incluso en países de antigua cristianización. En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un “pequeño rebaño” (Lc 12, 32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad. El deber de la participación eucarística cada domingo es uno de éstos.”
La misa dominical como testimonio de la identidad cristiana
El deber de la participación se contempla en este texto desde la perspectiva del testimonio. Reflexionar sobre esta exhortación se convierte en un reto intenso. ¿Existe una manera más clara de expresar la propia condición cristiana que la participación en la misa dominical? Las mezquitas se llenan los viernes, y las sinagogas los sábados. Si el domingo no se llenan las iglesias, ¿dónde están los cristianos? Esta pregunta nos tendría que abrir los ojos al valor del testimonio que nos corresponde dar. En nuestras ciudades, ¿pueden pensar los que vienen de otras religiones que los cristianos tienen realmente el domingo como el día de su reunión?
“La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión.”
La Eucaristía, antídoto contra la dispersión de los fieles
Es un hecho común a todas las agrupaciones humanas, empezando por la propia familia. Cuando no existe experiencia de vida común, los lazos tienden a debilitarse y finalmente, a deshacerse. Así es, indudablemente, con la vida cristiana. Está muy claro que de los cristianos que se llaman “no practicantes” se nutren rápidamente las filas de los agnósticos y, en demasiados casos, éstos desembocan en el campo del ateísmo o de la indiferencia total.
La misa que hace visible a la Iglesia
En este sentido se puede interpretar la frase que dice: la Eucaristía hace la Iglesia, aunque el sentido más profundo de la misma no es exactamente éste. Pero es cierto que la participación en la Eucaristía hace que la Iglesia sea visible en medio de los hombres, y provoca también que los participantes ahonden la conciencia de su identidad. La Didascalía de los Apóstoles (siglo III) comparaba la asamblea dominical con el Cuerpo de Cristo: si falta un cristiano de la comunidad, el Cuerpo de Cristo queda deformado…
“Es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad.”
El domingo, día del Señor y día de la Iglesia
No es sólo una comunión de personas amigas, con las mismas aspiraciones y formas de pensar, sino la comunión eclesial, la que se arraiga en la Trinidad y se verifica en el amor y las buenas obras. Porque el que está en el centro de todo es Jesucristo Resucitado -el Señor- y es Él quien da a la Iglesia su Espíritu de unidad y caridad.
©Magnificat febrero 2004



