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Vivir de la Palabra de Dios

Por Manuel Iglesias S.J.

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A través de un diálogo íntimo con Jesús, el autor reflexiona sobre el misterio de la muerte y glorificación de la Virgen, la esperanza del cielo y la promesa de la vida eterna.

I. El misterio de María

En este día de la Asunción de tu Madre, de su resurrección anticipada en cuerpo y alma para estar contigo en la gloria, cuánto me gustaría, Señor, que me hablaras de Ella. Lo que dicen sobre Ella tus libros santos, ¡es tan poco! Te hiciste una Madre a tu gusto, y ese gusto excede cuanto se nos puede ocurrir a todos juntos. Tú podrías decirnos mil cosas y no lo has hecho. ¿Se deberá tu silencio a que desde niño aprendiste de Ella la discreción, el no buscar el primer plano, el huir de la publicidad y de las conferencias de prensa?

II. La partida de María hacia Dios

Tu Iglesia afirma hoy (responsorio 1º del Oficio de lectura) que “María emigró de este mundo” para ir hacia ti. ¿Nos da miedo decir que murió? Por el pecado entró la muerte en el mundo (Rm5, 12), y es cierto que tu Madre no tuvo ni sombra de pecado. Con todo, también es cierto que, “por el pecado”, Tú fuiste a la muerte, y que Ella ha sido la pura criatura más parecida a ti en todo. Ergo…

Su muerte tuvo que ser una obra de arte de la naturaleza y de la gracia; la colocarían mirando al oriente (ex Oriente, lux!), como queriendo abreviarle el camino o facilitarle el encuentro contigo; y, en la placidez inefable de la tarea cumplida, y en puro don de amor, “se durmió en el Señor”.

III. La gloria del cielo prometido

“Al cielo, al cielo, sí…” Lo cantábamos de niños, con el deseo de ir a ver a tu Madre en el cielo. Aunque fuera curiosidad, que para algo nos habrás dado este deseo de saber, nos hacía bien pensar en el sitio donde has llevado a tu Madre. ¿Qué dirán los teólogos sobre este modo de hablar del cielo? Pero tu palabra me ha mandado ser como niño, no como teólogo. Y tu palabra me dijo, en tu despedida, que te ibas provisionalmente, temporalmente, para prepararnos un sitio en la casa de tu Padre (Jn 14, 2); ¡nadie me prohíba echar al vuelo la imaginación y pensar cómo será el sitio que preparaste para tu Madre!

Es el cielo. Y no agoto toda su hermosura, pues “ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana pasó lo que has preparado para los que te aman” (1Co 2, 9), ¡y Ella siempre te amó tanto!

Tú me dices que el cielo es estar contigo para siempre (cfr. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1Ts 4, 17). Que es una herencia fabulosa que el Padre me tiene reservada (cfr. Ef 1, 18; Ap 21, 7). Que me la darás como premio o recompensa (cf. Mt 6, 4. 6. 18; 25, 21-23); ¡explícame cómo y cuándo puedo “merecerlo” yo! Que es una ciudad hermosísima, como no puede diseñarla ningún arquitecto del mundo (cf. Ap 21, 10-27). Que allí nos darás un cuerpo esplendoroso como el tuyo (cfr. Flp 3, 20-21). Que es una fiesta, un banquete de bodas (cfr. Mt 22, 1-14), y que Tú mismo me servirás a la mesa (cf. Lc 12, 35-38). Que allí no habrá llanto, ni dolor, ni muerte (cf. Ap 21, 4). Que te veré tal cual eres, cara a cara (cfr. 1Jn 3, 2; 1Co 13, 12). Que allí saciaremos todo deseo de verdad, de paz, de fraternidad, de gozo, porque habrá plenitud de vida (cf. Ap 22, 1-5) y Tú serás todo en todos (cfr. 1Co 15, 28)…

IV. La esperanza que impulsa la misión

Señor, ¿hago mal en pensarlo? ¡Esto no me quita de trabajar por tu Reino! Al revés. Y me parece que evangelizar es, también, decir a los demás, porque lo hemos experimentado: “¡Hemos visto su gloria!”. Evangelizar es, también, decir a todos que ésa es la vida que nos espera, que no somos eternos aquí abajo. Hacia esa vida caminamos, unas veces sirviendo al mundo, otras ayudándolo a progresar, otras, renunciando a él, y aun menospreciándolo… por amor. ¡Quiero empujar a otros hacia arriba!

Jesús, ¡felicita a tu Madre de mi parte! Y dile que siga rogando por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.


©Magnificat agosto 2004

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Manuel Iglesias S.J.

Perteneció a la Compañía de Jesús. Estudió en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, donde también impartió clase. En Madrid trabajó en la revista Reino de Cristo y en gran número de obras apostólicas con una inmensa labor de dirección espiritual. Su prestigiosa y cuidada traducción crítica al español de la Sagrada Biblia, realizada junto a Francisco Cantera, le ha valido un renombre internacional en el campo científico.

Magnificat

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