La celebración cotidiana de la liturgia nos introduce, mediante la oración de la Iglesia en el misterio de la comunión trinitaria, y nos abre a la historia para ser testigos de la historia de la salvación en la vida cotidiana.
Palabra y oración, gestos y sacramentos, están insertados en ese diálogo de la salvación que es la liturgia. Palabras y obras por parte de Dios, oración y acogida teologal de la palabra y del sacramento, por nuestra parte. Todo ello constituye un encuentro íntimo y vital de Dios con su pueblo, forman el entramado de la liturgia. Todo desde el Padre, que es la fuente de toda gracia y de todo don. Todo por Cristo, mediador que nos trasmite la palabra y la vida divina. Todo en el Espíritu Santo, que lleva hasta lo más profundo de nuestro ser ese mensaje de vida y esa vida en abundancia que fluye en nosotros, desde el manantial trinitario, como perdón y salvación, vida en abundancia, y que refluye en el mismo Espíritu y por medio de Cristo en alabanza de la gloria del Padre.
Oración y espiritualidad litúrgica son expresiones unitarias de una misma vivencia personal y eclesial.
La oración, por ser en la liturgia expresión de la Iglesia “que cree y que ora” (Dei Verbum n. 8), tiene la doble vertiente de la acogida del don, en un corazón dilatado y fogueado por la fe, la esperanza y el amor, y de la respuesta de palabras y de gestos, todos de una impecable ortodoxia y ortopraxis eclesial, que la Iglesia misma nos garantiza con los textos y las acciones de su liturgia.
Es la oración de la Esposa, del Cuerpo de Cristo, del pueblo sacerdotal de Dios Padre. Es oración que envuelve todos y cada uno de los momentos de la liturgia, desde el principio hasta el final, si todo se realiza en presencia del Señor, con una conciencia cada vez más clara y por ello cada vez más llena de unción espiritual, que todo se realiza en su presencia y todo es diálogo con un Tú presente, no lejano sino cercano.
Todo se desarrolla en una dimensión orante. Todo está impregnado de Espíritu que abre al misterio. El signo de la cruz, el saludo litúrgico del celebrante, el acto penitencial, el himno angélico del Gloria, las oraciones presidenciales del presbítero, las escucha de la palabra, las respuestas y aclamaciones, la profesión de la fe, las fórmulas de la ofrenda eucarística que nos permiten entrar en el “Sancta Sanctorum” de la plegaria eucarística, momento culminante de la Iglesia en oración que se prolonga en la comunión eucarística, con su preparación, hasta la despedida final que envía al mundo e ser eucaristía en la historia cotidiana.
Una oración que nutre, expresa, forja la Iglesia -en esa misteriosa unidad del mismo culto cristiano y de las misas palabras y plegarias vividas a lo largo y a lo ancho del planeta- y la califica, como al principio de su aventura, antes y después de Pentecostés, como una comunidad en oración.
Cada día la Iglesia recibe y da, acoge y transmite el maná de la palabra, de la oración eclesial, del pan de la vida. La liturgia es la mistagogía más cotidiana y universal, la más rica y la más consistente, la más cercana y la más cierta. Por eso el misal con el que los fieles, día tras día, siguen la liturgia eucarística y la liturgia de la alabanza, es como el diario de viaje de nuestro camino espiritual, como el compendio cotidiano de nuestra historia personal de salvación, vivida en comunión, como la hoja de ruta de nuestra aventura cotidiana en el mundo. La Iglesia nos enseña a orar siendo nosotros Iglesia en oración, y dejando cada día en nuestra vida el poso de palabras, fórmulas, luces y semillas de vida que nos permiten vivir nuestra aventura de cristianos en la historia.
Por eso la oración cotidiana de la Iglesia plasma una espiritualidad litúrgica, algo tan sencillo como la vida en Cristo y la vida en el Espíritu Santo que tiene como punto de referencia la vida de la Iglesia, su oración, su culto, sus sacramentos, el itinerario insustituible del misterio y de los misterios de Cristo en Año litúrgico. Un gran maestro de espiritualidad litúrgica de nuestro tiempo, Salvatore Marsili, decía que no hay espiritualidad tan completa y tan rica, tan universal y objetiva, tan equilibrada y novedosa, como la espiritualidad que la Iglesia nos transmite en su liturgia. Completa y rica por lo central y lo variado de sus elementos, universal porque es para todas las vocaciones y para todas las latitudes de la Iglesia, objetiva porque no es fruto de un subjetivismo devocional sino del realismo mismo de lo que Dios nos da en palabras, acciones sacramentos.
Por eso, ahora que ya la reforma litúrgica del Vaticano II va a cumplir cuarenta años (número bíblico y simbólico) de camino por la historia, nos agrada recordar las palabras proféticas, verdadera síntesis de espiritualidad litúrgica, que Pablo VI pronunciaba el 4 de diciembre de 1963 al aprobar la Constitución Sacrosanctum Concilium. Notaba el Papa que la Constitución sobre la liturgia había sido la primera en ser examinada pero también la primera por su excelencia intrínseca, por su importancia para la vida de la Iglesia y decía: “Nuestro espíritu exulta de gozo ante este resultado: Rendimos en esto el homenaje conforme a la escala de valores y deberes: Dios en el primer puesto; la oración nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual, el primer don que podemos hacer al pueblo cristiano que con nosotros cree y ora, y la primera invitación al mundo para que desate en oración dichosa y veraz su lengua muda y sienta el inefable poder regenerador de cantar con nosotros las alabanzas divinas y las esperanzas humanas, por Cristo Señor en el Espíritu Santo”.
Estas palabras -hermoso prólogo papal a la constitución litúrgica- siguen siendo actuales y proféticas. Nos descubren el sentido primordial de la reforma litúrgica, y subrayan el sentido de la liturgia de la Iglesia como “primera escuela de nuestra vida espiritual”, para que el pueblo de Dios, día tras día, con la ayuda preciosa de MAGNIFICAT pueda penetrar en las insondables riquezas del misterio de Cristo y las viva en la historia cotidiana, con el espíritu mismo de María, que es espíritu de acogida y de exultación, en ese canto, que como decía Pablo VI de la liturgia, es “canto de las alabanzas divinas y de las esperanzas humanas”.
© Magnificat, diciembre (2003)



