Mucha gente cree que las palabras valen por sí solas; que dan el mismo juego estén donde estén. Tal vez ha contribuido a esa idea el uso de malos diccionarios, que -por ser malos, no por ser diccionarios- son como almacenes de palabras.
Pero un texto escrito no es un almacén de palabras, sino más bien, siguiendo la conocida comparación, un tablero de ajedrez: en él las piezas (palabras) valen no sólo por sí mismas, sino por el lugar que ocupan en el conjunto, movido coherentemente; un simple peón puede ser decisivo, mientras que un alfil puede quedar inutilizado.
El orden de las palabras en una frase también puede significar algo. Por ejemplo, cuando nos referimos a la Virgen María y a Jesús niño (al titular un cuadro de Rafael, al ver una obra de arte, etc.) solemos decir: “María y el Niño”, “la Virgen de…”
Pero el primer evangelista no habla así. Cinco veces, en su segundo capítulo -es decir, todas las veces que se refiere a los dos a la vez- se expresa invirtiendo nuestro orden: los magos vieron “al Niño con María, su madre” (2,11); y san José tiene que tomar “al Niño y a su Madre” para huir a Egipto (2,13.20) o para volver de Egipto (2,14.21).
En ese entramado que es el lenguaje el orden de palabras corresponde a categorías mentales, y aquí está claro. Para san Mateo, Jesús es primero, luego María. ¡La Virgen diría lo mismo!
También nosotros lo pensamos, pero… no siempre lo decimos. No hay ningún error en ello, ni los protestantes deben concluir nada de ese nuestro modo de hablar. Pero… hay un matiz no casual. A la Virgen le gustaría que los magos se fijaran primeramente en el Niño, que José procurara salvar primeramente al Niño. Pero, como son inseparables, y como Dios quiso empequeñecerse hasta depender en su humanidad totalmente de María…
Una dependencia similar se imaginó nuestro Gonzalo de Berceo para los evangelistas. Dice que, al escribir los evangelios, “con la Virgen hablaban”. De tal modo que “cuanto escribían ellos, Ella se la enmendaba. Sólo era bien firme la que Ella alababa” (Milagros de Nuestra Señora, 22).
¿Qué piensan de esa teoría del buen clérigo riojano los exegetas de hoy? Si Dios se sirve de María para distribuir sus gracias, ¿tan descabellado andaba Berceo al pensar que también pasaba por María la gracia de la inspiración bíblica?
© Magnificat diciembre (2003)



