El comentario de la portada

La educación de la Madre de Dios por Pierre-Marie Dumont

Inspirada por el episodio del evangelio que pone en escena a Marta y a María de Betania (Lc 10,38-42), la emancipación de la mujer fue, desde el origen, una preocupación cristiana para que, más allá de sus tareas ancestrales, toda mujer por la cultura pudiera tener acceso a la mejor parte. Es una de las razones que provocó la separación del judaísmo, especialmente en materia de organización de los lugares de oración y culto: para los cristianos, las mujeres no debían sufrir ninguna discriminación.

Después de que los bárbaros, por desgracia, arruinaran todos los logros de la Iglesia primitiva en este ámbito, hubo que empezar de cero. Afortunadamente, las monjas siguieron dando testimonio de mujeres independientes, admirablemente cultivadas y que ejercían altas responsabilidades. Por iniciativa suya, desde el comienzo de la Edad Media, la causa de la emancipación de la mujer fue promovida intrépidamente. Gracias a esto, durante las cruzadas, que alejaban a los hombres durante decenas de años, los países de la cristiandad fueron admirablemente administrados y gobernados por las muje­res. Después de algunos altibajos, la causa de la mujer fue reactivada en el siglo XVII, en particular por san Francisco de Sales († 1622), por Madame de Maintenon († 1719) y por Fénelon († 1715). En la estela de este último se sitúa Francesco Mancini († 1758), cuando pinta la obra que presentamos en la portada de Magnificat acogién­dose al estilo rococó.

El culto de santa Ana, modelo de madre y patrona de educadoras, efectivamente ha desempeñado un papel importante en el apoyo a las empresas de quienes querían devolver a las mujeres el pleno ejercicio de su dignidad humana y cristiana, en el marco de la vocación propia. Siguiendo su iniciativa, la mayoría de las cofradías de madres de familia tomarían como patrona a santa Ana. En efecto, habían comprendido que la emancipación de la mujer debía comenzar por la educación que les daban sus madres, promoviendo que las niñas aprendieran a leer y escribir para tener acceso a la cultura. Ahora bien, ¿qué más bello impulso podía lograr su promoción sino el ejemplo de santa Ana enseñando a leer a la santísima Virgen María? 

 

Pierre-Marie Dumont

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]    

 

Santa Ana y la Virgen niña (1732, detalle), Francesco Mancini (Ca. 1694-1758), Perusa, Italia, Galería Nacional de Umbría.

© Domingie & Rabatti/La Colección.