El artículo del mes

El pecado (5) por Cardenal Tomáš Špidlík, SJ ( † )

 Pecados veniales

 La enseñanza moral llama pecado en verdadero y pleno sentido al que es «grave», que se distingue de los pecados veniales, leves. Esta distinción tiene, sin duda, una gran importancia para la vida. ¿Cómo podríamos vivir si no? Nadie consigue liberarse totalmente de los pecados veniales. Quien no sabe distinguirlos de los graves cae o en la laxitud o en la escrupulosidad, en la continua angustia.

La moral señala tres circunstancias, cada una de las cuales es suficiente para considerar el pecado como venial:

1) la ignorancia o la falta de atención;

2) la falta de una decisión libre a causa de la debilidad o de fuertes presiones tanto internas como externas;

3) la importancia pequeña de la causa y del objeto por el cual se infringe la ley.

 Los autores espirituales, evidentemente, no tienen intención de negar lo que enseña la moral. Presuponen que estas distinciones son conocidas. Pero no ocultan el temor de que la expresión pecado «venial», «leve», podría llevarnos a la mentalidad de considerar estas deficiencias como algo tan normal o de tan poca importancia que no merezcan demasiada atención. Muestran, por ello, que los pecados veniales también son un gran obstáculo para la perfección, especialmente si son voluntarios: pequeñas faltas de caridad, mentiras, manifestaciones de egoísmo, etc. Para san Basilio, el que no obedece los preceptos más pequeños llega a ofender incluso más a Dios que aquel que reniega de un gran deber. En este contexto habla de grandes sufrimientos en el purgatorio como castigo por los pecados veniales. Destaca también que aquel que durante mucho tiempo no evita los pecados pequeños al final cae en el grave.

En las biografías de los santos leemos cómo se recriminaban incluso las pequeñas faltas que no parecían importantes. Los santos experimentaban vivamente el «contacto» personal con Cristo. También nosotros sabemos lo que nos disgustan las pequeñas infidelidades cuando las comete un amigo íntimo. En este sentido, se pueden comprender las palabras que escuchó en revelación santa Margarita de Cortona: «Te digo que mis verdaderos amigos sienten como mortal todo pecado. Porque quien me quiere seguir y quiere al mismo tiempo perseverar en algo que va contra mi voluntad me ofende con sus vacilaciones». Difícilmente hay un día en que no hayamos pecado por la distracción, por la influencia del mal humor, por falta de control y de dominio de sí. Como aseguran los místicos, Dios nos perdona enseguida estas imperfecciones. Hasta deja que caigamos en estas situaciones para hacernos más humildes. Pero, por otra parte, él, dicen, juzga severamente también las pequeñas faltas cometidas con plena conciencia y deliberadas, como, por ejemplo, las venganzas y las faltas de caridad premeditadas en la reflexión.

 El pecado y la sociedad humana

  Tradicionalmente los pecados se separan en tres tipos: contra Dios, contra el prójimo y contra uno mismo. Esta división puede ser útil por razones prácticas, pero su valor es relativo. Todo pecado, en efecto, va tanto contra Dios, como contra el prójimo, como contra uno mismo. El segundo aspecto, «contra el prójimo», a menudo lo olvidamos. Es como si afirmáramos: «Si yo peco, yo iré al infierno. ¿Qué tienen que ver los demás?» En los escritos más antiguos de la Biblia, el pecado aparece como culpa de todo el pueblo. Por eso, también todo el pueblo es castigado (en el pecado original, toda la humanidad). Para «remediarlo», todo el pueblo se levantaba contra los infractores de la ley de Dios y los rechazaba desde las entrañas. La Iglesia castigaba los grandes pecados con la excomunión, la exclusión de la mesa eucarística, de la unidad de los fieles.

 En Rusia había una costumbre mitad cristiana y mitad pagana, consistente en que el pecador confesase sus pecados «a la húmeda madre tierra» para que ella le concediera después una buena muerte. Dostoievski veía en ello la expresión del verdadero sentido cristiano: la conciencia de que con el pecado ofendemos a toda la creación. Raskolnikov, que en Crimen y castigo decide ser asesino, sale fuera, besa la tierra y la inunda de lágrimas para que esta lo perdone.

 Pero el mismo sentido cristiano es manifestado por todos aquellos que deciden hacer penitencia por los pecados de todo el mundo. Comprenden que la injusticia social no se funde más que con el sacrificio social. El sacrificio, como dice san Agustín, «es algo divino, aunque lo experimenten los hombres»; es participación en el sacrificio de Cristo ofrecido por el mundo entero, por todos los hombres.

 

Cardenal Tomáš Špidlík, SJ ( † )

(Traducción del original italiano realizada por Ángela Pérez García)

El autor, jesuita nacido en 1919 en Moravia y fallecido en Roma el día 16 de abril de 2010, fue profesor del Instituto Oriental Pontificio; desde 1991 vivía y trabajaba en el Centro Aletti (Roma). Es conocido y apreciado en el mundo entero como estudioso de teología espiritual patrística y oriental. Muchas de sus innumerables obras se han traducido al castellano.)