El artículo del mes

El pecado por Cardenal Tomáš Špidlík, SJ ( † )

Pecados de ignorancia

Los moralistas excusan los pecados cometidos por la ignorancia. Pero admiten que la misma ignorancia puede ser culpable, causada por falta de interés, por negligencia, por mala voluntad. Si es así, los autores espirituales juzgan esta ignorancia severamente. San Basilio considera que la ignorancia de los principales deberes no es ni tan siquiera posible para un cristiano que desea vivir según su vocación. ¡El evangelio es sencillo y sus preceptos comprensibles! ¡Qué diría hoy san Basilio cuando todos saben leer y con toda la literatura espiritual que tenemos! Y, sin embargo, hay muchos hoy que ni siquiera conocen las verdades fundamentales de nuestra fe. Además hay un tipo de ignorancia que también está relacionada con el pecado. Sócrates decía que el hombre peca solo por ignorancia. Los Padres griegos dieron la vuelta a la frase: el hombre, al pecar, se hace ignorante. Se pierde en su pensamiento el recuerdo de Dios, la conciencia se vuelve cada vez menos fina, los principios morales se oscurecen. Tenemos que luchar contra esta ignorancia del mismo modo que se vencen las tinieblas con los faros de luz. «La vía del conocimiento de Dios, escribe Hesiquio, es liberarse de las pasiones malvadas y ser humilde. Sin estas características nadie puede ver a Dios». A los pecados debidos a la ignorancia se unen también los de omisión. La concepción legal, farisaica, ve la perfección como un sistema completo de preceptos. No transgredir lo que está escrito es ya una gran cosa. Pero aun así no lo es todo; es más, sería poca cosa si perdiéramos de vista lo que Dios pide de modo positivo, es decir, que llenemos toda la vida con el amor, el trabajo, los sacrificios. En la confesión de los pecados, al comienzo de la Misa, tras el Concilio Vaticano II se añadió: «He pecado mucho de (…) omisión». Está muy bien no mentir, no robar, no ofender a nadie. Pero no olvidemos la maldición de Jesús pronunciada sobre la higuera que no daba frutos (Mc 11,13ss.). Algunos dicen que no saben de qué acusarse en la confesión porque no tienen pecados. Sin embargo, lo que omitimos hacer es, a menudo, más grave que cualquier transgresión de las reglas morales.

 Pecados de la debilidad humana

La psicología moderna sale en auxilio de los que quieren ser indulgentes con las faltas humanas. Cuántos elementos distintos colaboran en un solo acto moral, desde las influencias hereditarias hasta las climáticas. Casi parece que el hombre no sea culpable de lo que hace. También Cristo, en el evangelio, parece muy condescendiente con los pecadores en los que percibe solo la debilidad y la ignorancia, no la malicia. Algunos predicadores moralistas, como, por ejemplo, san Juan Crisóstomo, de vez en cuando se dejan seducir por el celo de los juicios severos que parecen, a veces, inhumanos y farisaicos. En parte se explica por el entusiasmo retórico. Pero también hay otra razón. Esta severidad aparece especialmente en aquellas situaciones en que los padres quieren poner de relieve la verdad fundamental cristiana: la única razón verdadera del pecado depende del libre albedrío del hombre. Depende, por lo tanto, de nosotros rechazar el bien y buscar lo contrario. De manera errónea entendieron este principio algunos sectarios que afirman que no tienen nada que temer de ningún ambiente, de ninguna tentación. El hombre sería lo bastante fuerte para poder resistirlo todo. Pero esta conclusión sale de los límites de la ortodoxia. Por eso también los Padres corrigen las primeras afirmaciones sobre la fuerza de voluntad humana con expresiones casi opuestas para llegar al justo equilibrio. Nos aconsejan que huyamos de todas las tentaciones porque somos débiles. El peligro persiste incluso más allá de las tentaciones: el ángel pecó en el cielo; Adán, en el paraíso: ¡cuánto más fácilmente nosotros en la tierra! Debemos, por tanto, conocer nuestra debilidad y no exponernos innecesariamente a los peligros por negligencia o por demasiada confianza en nosotros mismos. Se da por analogía aquí también lo que vale para la ignorancia. La debilidad excusa el pecado, pero hay que considerar también que la causa de la debilidad son los pecados cometidos libremente. Por eso, no se puede excusar todo. l

Cardenal  Tomáš  Špidlík, SJ ( † ) 

(Traducción del original italiano realizada por Ángela Pérez García)

El autor, jesuita nacido en 1919 en Moravia y fallecido en Roma el día 16 de abril de 2010, fue profesor del Instituto Oriental Pontificio; desde 1991 vivía y trabajaba en el Centro Aletti (Roma). Es conocido y apreciado en el mundo entero como estudioso de teología espiritual patrística y oriental. Muchas de sus innumerables obras se han traducido al castellano.)